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Podcast· 14 min

Fui al psicólogo para poder invertir en bolsa

Lo que nadie te cuenta de hacer terapia: que muchos llegamos pidiendo una herramienta para rendir mejor, no un sitio donde nos vean. Sobre el cursillismo, los cien retiros y la pregunta que me hizo Alejandro Rodríguez y que todavía llevo encima.

Lo que fui a pedir

La primera vez que pisé la consulta de un psicólogo no iba a hablar de mi padre, ni de mi infancia, ni de por qué me costaba estar quieto. Iba a que me ayudara a ganar dinero.

Lo digo tal cual porque es tal cual. Estaba invirtiendo en bolsa, me había arruinado a la mitad y lo estaba pasando fatal, y yo tenía una explicación muy clara de lo que me pasaba: yo sabía. Sabía leer un gráfico, sabía las probabilidades, sabía cuándo iba a subir y cuándo iba a bajar. El problema, según yo, era que me entraban las emociones y me estropeaban la operación. Así que fui a un profesional a pedirle exactamente eso, con estas palabras o parecidas: enséñame a gestionar mis emociones para que no me molesten mientras opero.

Fíjate qué pedido. No iba a que me pasara algo. Iba a comprar una pieza que me faltaba.

Y el psicólogo, que era muy gracioso, no me daba la pieza. Se pasó las sesiones intentando hacerme ver otra cosa. Me sacaba teorías, me ponía unos vasitos encima de la mesa, me lo intentaba enseñar de mil maneras distintas. Estaba emperrado. Y yo, cada vez que él daba un rodeo, volvía al grano: vale, muy bien, pero cómo controlo yo esto. Cómo gestiono mis emociones.

Ahora sé lo que me estaba diciendo. Me estaba enseñando, con una paciencia que en su momento me pareció pesadez, que aquello no era inversión. Era apuesta. Que mi seguridad de que iba a ganar, la de las probabilidades y los gráficos, no era real. No sé si llegó a usar la palabra adicción. Da igual. Me estaba señalando eso.

Y yo no era capaz de verlo.

No es que no quisiera. Es que no podía. Estaba tan metido dentro que no había un sitio desde donde mirarlo. Lo que él me señalaba caía en un punto ciego, y el punto ciego, por definición, no se ve.

Cuento esto porque creo que es el principio real de mi camino, y porque no se parece nada a como suelen contarse estos principios. No hubo una crisis mística. No hubo un día en que me desperté y dije quiero conocerme. Hubo un tío intentando arreglar una máquina que no le funcionaba, y la máquina era él.

El grano

Esa frase que yo repetía, vamos al grano, la he repetido muchos años en sitios muy distintos.

Vamos al grano es una forma educada de decir: dame la técnica y no me hagas pasar por esto. Dame el atajo. Dame la herramienta, el método, los cinco pasos, la respiración concreta que hay que hacer cuando pasa lo que pasa.

Yo he ido a muchos sitios a pedir el grano. Y lo curioso es que en casi todos me lo dieron. Hay una industria entera bien montada para dártelo. No lo digo con desprecio, porque yo he vivido de eso y porque funciona: lo que te pasó en aquel curso, te pasó, y nadie te lo quita. Lo digo porque hay una diferencia entre pedir una herramienta y dejar que te vean, y durante años yo pedí siempre lo primero mientras creía que estaba haciendo lo segundo.

La herramienta la puedes usar tú solo. Que te vean, no.

Cien sesiones en dos años

Soy una persona muy intensa. Esto no lo digo como virtud ni como defecto, lo digo como dato, porque explica casi todo lo que viene después.

Cuando me dio por los psicodélicos, me tiré dos años e hice más de cien sesiones. Cien. Es una auténtica barbaridad y no se la recomiendo a nadie. No es necesario. Ni de coña es necesario.

Pero lo que de verdad quiero contar no son las cien. Es esto otro.

Hice un vipassana. Diez días en silencio. Y en esos diez días me di cuenta de una cosa bastante fea y bastante cierta: que yo no puedo estar conmigo mismo.

Ese era el hallazgo. Ese era el material. Ahí había algo que mirar durante mucho tiempo, despacio, probablemente acompañado.

¿Y qué hice yo con ese hallazgo? Me hice tres vipassanas en un año. Y dos retiros más. Y un retiro de oscuridad.

Léelo otra vez, porque a mí me costó años leerlo. Descubrí que no soportaba estar conmigo, y mi respuesta fue meterme en más sitios donde estar conmigo a la fuerza. Más horas, más intensidad, más silencio, más oscuridad. Como si la respuesta a esto me duele fuera pues más.

Tiene su parte buena, y no la voy a negar porque sería falsa modestia: esa intensidad me hace explorar de verdad. Yo no soy de asomarme un poco y ya está. Si algo me interesa, me meto hasta el fondo, tomo notas, lo trabajo. Con un curso solo, o leyendo un libro sobre el tema, sé que no llego adonde me gusta llegar.

Pero hay una versión de esa misma intensidad que no es profundidad. Es huida con buena prensa. Y desde fuera se parecen tanto que ni yo mismo sabía distinguirlas.

La pregunta que me hizo y que todavía llevo encima

Esta semana ha salido el episodio con Alejandro Rodríguez, psicólogo y terapeuta, con el que llevo años compartiendo camino. Y en mitad de la conversación me hizo una pregunta que no me esperaba.

La pregunta es suya, no mía, y la pongo entera porque me parece de las mejores que me han hecho nunca:

¿Es un cursillismo? ¿Es volverte cursillista, es volverte experienciador? ¿Es que eres alguien que está buscándose, o eres alguien que necesita experiencias fuertes para sentirse a sí mismo?

Y luego añadió, mirándome: esto es algo importante que yo creo que tú estás contestándote.

Me quedé un momento sin saber qué decir. No por incomodidad, sino porque la pregunta era demasiado buena para contestarla rápido. Noté el pecho un poco más estrecho y las manos quietas encima de la mesa, que en mí es señal de que algo ha entrado.

Porque la respuesta honesta es: las dos cosas. He sido las dos cosas, muchas veces a la vez, sin saber cuál mandaba.

Y aquí tengo que decir algo para no hacer trampa. La tentación, escribiendo esto, es contarlo como si fuera un problema resuelto. Antes yo era así, ahora ya no. Sería mentira, y además sería justo el tipo de mentira que más daño hace, porque deja al que lee en el papel de estar más atrás que tú.

Me pasa menos. Pero me pasa. Todavía hoy, cuando algo me remueve, la primera cosa que aparece en mi cabeza no es quédate ahí. Es busca algo. Un curso, un retiro, una formación nueva, un libro. Y a veces lo hago. La diferencia es que ahora, a veces, me doy cuenta mientras lo estoy haciendo. Solo eso. Que la veo pasar.

Necesitar el golpe para notarse

Lo de necesitar experiencias fuertes para sentirse a uno mismo merece pararse un poco, porque no es tontería y porque creo que hay mucha gente ahí.

Si llevas años anestesiado, lo suave no te llega. No lo notas. Una conversación tranquila, una clase normal, un rato de silencio de veinte minutos: no registran. Necesitas volumen. Necesitas que te sacuda. Y entonces buscas lo que sacude, que además está muy bien contado y tiene fotos preciosas, y cada vez que te sacude piensas esto sí es real, esto sí me está pasando.

Y te está pasando, ojo. Yo no vengo aquí a decir que lo fuerte no sirva. Me sirvió. Lo que digo es otra cosa: que la intensidad puede convertirse en el único volumen al que te oyes, y entonces ya no estás buscando, estás necesitando el golpe para notar que existes.

Alejandro lo contaba desde el otro lado. Él estuvo diez días en silencio en un retiro con Claudio Naranjo, y dice que ahí se encontró consigo, pero heavy. Es decir: a él el silencio le llegó. A mí el silencio me llevó a apuntarme a más silencio.

Mismo sitio, dos usos distintos. La experiencia no te dice qué estás haciendo con ella.

Lo que no me dio ningún curso

Si me preguntas qué es lo que de verdad ha movido algo, después de los cursos, los retiros, las sesiones, los másteres y los libros, mi respuesta de hoy es incómoda porque es la más lenta y la menos vendible.

El vínculo.

No la técnica. No el contenido. No el fin de semana. El hecho de sentarme delante de una misma persona, muchas veces, durante mucho tiempo, y dejar que me vea sin poder hacer nada al respecto. Y en un grupo, lo mismo: gente que te ve entrar semana tras semana y que ya no se traga tu versión.

En ese vínculo hay algo que yo no encontré en ningún curso ni en ningún sitio. Y si has tenido la suerte de tener vínculos sanos, con tus padres, con un hermano, con alguien, a lo mejor eso ya lo tienes y no necesitas comprarlo en ninguna parte. Pero si no lo has tenido, y yo estoy ahí, ese es el trabajo. No es un contenido que aprendes. Es una experiencia que tienes con otro delante, y que no puedes hacer solo por muy intenso que seas.

Esto me cuesta escribirlo porque va en contra de mi carácter. Mi carácter quiere hacerse tres. Mi carácter quiere terminar. El vínculo no se termina, se sostiene, y ahí no hay medalla.

Alejandro decía una cosa parecida con una imagen que me gustó: que hay veces que hay que integrar, que no vale solo con hacer zambombazos y ya está. Los zambombazos los he hecho todos. Integrar es lo que llevo aprendiendo hace poco, y aprendiendo mal, y con ayuda.

Aclaro una cosa para no confundir a nadie, porque me lo preguntan: no soy terapeuta Gestalt. Estoy terminando el máster, acabo en mayo. Cuando cuento esto no lo cuento desde el sillón del que sabe, lo cuento desde la silla de enfrente, que es donde llevo sentado todos estos años.

Entender no es lo mismo que sanar

Hay una trampa que conozco muy bien porque he vivido dentro de ella, y es esta: creer que entender algo es lo mismo que haberlo resuelto.

Yo he sido buenísimo entendiendo. Te sabía explicar mi patrón con una precisión que impresionaba. Te decía de dónde venía, qué función tenía, en qué momento de mi infancia se instaló y cómo se activaba. Lo tenía todo nombrado. Y lo seguía haciendo exactamente igual.

A eso lo llamo la trampa de la hiperlucidez, y le acabé dedicando un libro entero porque me tuvo años ocupado creyendo que avanzaba. La lucidez da una sensación de movimiento que es indistinguible del movimiento real. Ves el mecanismo, y esa visión es tan satisfactoria que se convierte en el premio. Ya no hace falta cambiar nada, porque entender ya se siente bien.

Aquel psicólogo de la bolsa me estaba dando el entendimiento y yo lo rechazaba porque quería la técnica. Años después me pasó lo contrario: acumulé entendimiento como antes acumulaba técnicas, y seguí sin moverme. Es el mismo movimiento con otro disfraz. Coleccionar.

Si quieres tirar de este hilo, escribí sobre ello en qué es la hiperlucidez.

Que te devuelvan a ti

Y ahora la parte que me cuesta más escribir, porque es la buena y porque no quiero que suene a anuncio.

Puedo decir hoy, y lo digo con cuidado porque el que esté leyendo está en el momento en el que está y no en el mío: haz terapia. Qué bien. Porque de repente siento que me han devuelto a mí.

Lo intento explicar sin ponerme cursi.

Antes había como una película delante. No terminaba de ser mi experiencia. Vivía la semana entera con una idea preconcebida de lo que tenía que pasar y con una expectativa puesta en un punto concreto: el sábado, el viaje, la jam, lo que fuera. Eso iba a ser lo bueno de la semana. Y entonces el resto de la semana no existía. Era el pasillo hasta el sábado. Y cuando llegaba el sábado, resulta que no era como me lo había imaginado y me defraudaba, con lo cual tampoco existía.

Así que no existía nada. Siete días de pasillo.

Ahora vivo una semana y hago cosas, y me pongo malo, y pasan cosas que no me gustan, y aun así hay un momento en que digo: hostia, que lo estoy viviendo yo. Que es mía. Que esto que está pasando, incluso lo que no me gusta, me está pasando a mí y estoy dentro.

Ese adueñarse de la propia experiencia es lo más fuerte que me ha dado todo esto. No la calma. No la claridad, que ya te digo que la claridad la tenía de sobra y no me servía de nada. Estar dentro.

Lo que sigo sin saber

No quiero cerrar esto como si tuviera el mapa, así que dejo aquí lo que no sé.

No sé dónde está exactamente la línea entre profundizar y huir hacia delante. Sé reconocerla a veces, casi siempre tarde, casi siempre por el cuerpo: cuando hay una prisa rara en apuntarme a algo, cuando la decisión no puede esperar a mañana, cuando me descubro buscando el siguiente sitio antes de haber vuelto del anterior. Esa prisa es mi señal. Pero no siempre la veo a tiempo, y cuando la veo tampoco siempre le hago caso.

Tampoco sé si toda la intensidad de estos años era necesaria. Hay una parte de mí que dice que sí, que mi cabeza necesitaba esos zarandeos para soltar y para poder verse. Y hay otra parte que sospecha que esa explicación es demasiado cómoda, y que me la cuento para no mirar cuánto había de huida.

Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Vivo con eso.

Dónde lo has notado

Si has llegado hasta aquí, me imagino que algo de esto te suena. A lo mejor tú no fuiste al psicólogo por la bolsa, pero fuiste a por una herramienta: para rendir más, para dormir, para que no te afectara tanto lo de esa persona, para volver a ser el de antes.

No te voy a decir lo que deberías hacer con eso, entre otras cosas porque no te conozco y porque a mí nadie me lo dijo de fuera. Solo te dejo la pregunta que me hizo Alejandro, que es de él y que yo sigo contestándome:

¿Estás buscándote, o necesitas experiencias fuertes para sentirte a ti mismo?

Y una segunda, que es la que uso yo cuando la primera me pilla a la defensiva, y que tampoco es mía sino de Eugene Gendlin, que se pasó la vida estudiando cómo el cuerpo sabe antes que la cabeza:

¿Dónde lo has notado?

No qué piensas de esto. Dónde. En qué parte del cuerpo se te ha movido algo mientras leías, si es que se te ha movido. Puede que haya sido en el pecho, o en la garganta, o en esa prisa pequeña de ir a buscar ya la siguiente cosa.

Ahí es donde está la información.

Esto sale de la conversación con Alejandro Rodríguez en el episodio 051 del podcast. La pregunta del cursillismo es suya. Lo de "¿dónde lo has notado?" viene de Eugene Gendlin. Puedes leer o escuchar el episodio entero.

Si esto te detuvo, pásalo. Probablemente alguien lo necesita.

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Quién escribe

Nacho Muñoz

Facilitador de contacto auténtico. Cuerpo, respiración y vínculo. Ex-policía. Padre. Escritor.

Ahora: tercero de Gestalt, aprendiendo Contact Improvisation y danza contemporánea, y escribiendo mi séptimo libro.

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