# oyenacho.me, la obra pública de Nacho Muñoz Autor: Nacho Muñoz (@oyenacho). Escritor, podcaster y facilitador de contacto auténtico. Ex policía local. Autor de "La Trampa de la Hiperlucidez". Fundador del Instituto de Respiración Consciente. No es terapeuta ni psicólogo: cursa el tercer año del máster de Gestalt en la escuela Lamar de Málaga y termina en mayo de 2027. URL: https://oyenacho.me Licencia de cita: se puede citar textualmente atribuyendo a Nacho Muñoz y enlazando a la URL de origen. ## Conceptos propios (definiciones del autor) - **Hiperlucidez**: estrategia de supervivencia infantil que convierte el dolor en análisis para no sentirlo. "Mientras más explicas, menos habitas; mientras más analizas, menos vives." - **El traductor**: la parte que convierte cada emoción en concepto antes de sentirla. Su opuesto es el testigo, que acompaña la experiencia sin nombrarla. - **Amor negativo**: el vínculo aprendido donde el afecto llega mezclado con frialdad o inconsistencia, y se aprende a buscarlo así. - **La armadura mental**: la identidad construida alrededor del entendimiento como refugio. - **Búnker y jardín**: protegerse desde el miedo y el control, frente a cuidarse desde la presencia. - **Camaleón emocional**: adaptarse a lo que el otro necesita para que no se vaya. - **Las cinco formas de protección mental**: anticipación como religión, hiperresponsabilidad como control, intelectualización como anestesia, perfeccionismo como escudo y análisis circular como lealtad al problema. - **Ayuno de validación**: el periodo sin redes ni conquistas que detona el giro central del libro. - **Micro impasse**: momentos cotidianos donde el sistema nervioso entra en modo supervivencia sin que haya un quiebre grande. ## Frases del autor citables - "No lloré. Entendí." - "No era un niño brillante. Era un niño asustado haciéndose brillante para sobrevivir." - "Puedes diagnosticar perfectamente la causa de la fiebre, pero sigues ardiendo en ella." - "El cuerpo siempre cobra la factura de lo que la mente niega." - "El entendimiento se convierte en un sustituto de la transformación real." - "Entender no es lo mismo que rendirse." - "Tu problema no es que seas disfuncional, sino que eres demasiado funcional." ## Podcast "Despierta Con OyeNacho" (51 episodios) - 051 - Lo que nadie te cuenta de hacer terapia (con Alejandro Rodríguez) (https://oyenacho.me/p/051) - 050 - Cuando vives a un metro de tu propia vida (con Alfonso) (https://oyenacho.me/p/050) - 049 - Eres un instrumento: aprende a sonar como tú suenas (con Ravi Ramoneda) (https://oyenacho.me/p/049) - 048 - La crisis de los 40: qué hacer cuando el camino que seguías deja de servir (con Patricio Furman) (https://oyenacho.me/p/048) - 047 - No viniste a ser perfecto, sino completo (con Majo Satizabal) (https://oyenacho.me/p/047) - 046 - No eres tu herida: el mundo emocional del hombre que nadie nos enseñó (con Caro Espinoza) (https://oyenacho.me/p/046) - 045 - Si el miedo a la soledad guía tus relaciones, esta charla te va a servir (con Diego y Lucía) (https://oyenacho.me/p/045) - 044 - 4 cosas que dejé de hacer cuando empecé a sanar (https://oyenacho.me/p/044) - 043 - Ya no necesito gustar: cómo cambié mi relación contigo (https://oyenacho.me/p/043) - 042 - ¿Y si el problema no es tu mente… sino cómo te relacionas con ella? (https://oyenacho.me/p/042) - 041 - Un año después del divorcio: lo que mi cuerpo me enseñó (https://oyenacho.me/p/041) - 040 - El cuerpo no pide permiso: el trauma explicado sin filtros (https://oyenacho.me/p/040) - 039 - ¿Y si lo que más temes es que te amen de verdad? : Una conversación sobre amor maduro, dolor y propósito. (https://oyenacho.me/p/039) - 038 - El día que dejé de fingir que estaba bien (https://oyenacho.me/p/038) - 037 - Diciembre me da ansiedad: qué hago con la presión navideña (https://oyenacho.me/p/037) - 036 - Cuando me dijeron "deja de ser tan intenso" (https://oyenacho.me/p/036) - 035 - ¿Por qué a veces actúo como un niño de 8 años? (https://oyenacho.me/p/035) - 034 - Todo lo que necesitas saber sobre el Despertar Espiritual V2 (https://oyenacho.me/p/034) - 033 - Descubre Tu Paz Interior: Un Viaje a Través del Curso de Milagros con Jorge Carrasco (https://oyenacho.me/p/033) - 032 - Charla Filosófica de Francisco Sola y Nacho Muñoz: Explorando su libro 'Hago lo que puedo' y la Filosofía Emocional. (https://oyenacho.me/p/032) - 031 - Masculinidad Consciente: Diálogo sobre Relaciones, Emociones y Crecimiento Personal con Francisco Fortunio. (https://oyenacho.me/p/031) - 030 - Si estuviera al borde de la muerte y pudiera ofrecerte solo 3 consejos de vida, serían estos: (https://oyenacho.me/p/030) - 029 - Redescubrirse a los 40: Patricio Furman Sobre Cómo Afrontar Cambios Vitales (https://oyenacho.me/p/029) - 028 - Desenmascarando la Codependencia: Más Allá de la Lealtad Tóxica (https://oyenacho.me/p/028) - 027 - Cómo sanar tu pasado. (https://oyenacho.me/p/027) - 026 - Desenmascarando el "People Pleasing": Del Agradar a la Autenticidad. (https://oyenacho.me/p/026) - 025 - 11 Lecciones de vida del cubo rubik. (https://oyenacho.me/p/025) - 024 - Mi primer retiro de oscuridad: 156 Horas de Confrontación, Descubrimiento y Transformación. (https://oyenacho.me/p/024) - 023 - Guía Definitiva Para Meditar (De verdad) Creada después de 900 horas meditando en 1 año. (https://oyenacho.me/p/023) - 022 - El Regalo Oculto de la Enfermedad: Una Perspectiva Espiritual (https://oyenacho.me/p/022) - 021 - "El Ego Desenmascarado: Lo que Nadie te Cuenta" (https://oyenacho.me/p/021) - 020 - Aprendizajes de 2 años de despertar espiritual. (https://oyenacho.me/p/020) - 019 - Todo lo que necesitas saber sobre la Ayahuasca: Una guía completa (https://oyenacho.me/p/019) - 018 - Explorando 'El Almanaque de Naval Ravikant': Lecciones de vida y negocios (https://oyenacho.me/p/018) - 017 - Libro "Resistencias" + Ayahuasca + Hablando de la vida. (https://oyenacho.me/p/017) - 016 - El Dinero no es el Jefe: Redefiniendo Nuestra Perspectiva Financiera. (https://oyenacho.me/p/016) - 015 - El arte de ser injodible: Lecciones para cultivar una mentalidad inquebrantable (https://oyenacho.me/p/015) - 014 - ¿Puede la inteligencia artificial ser espiritual? La evolución de la IA en la búsqueda de la felicidad (https://oyenacho.me/p/014) - 013 - Masculinidad Tóxica vs. Masculinidad Vulnerable: ¿Cuál es el futuro de los hombres? (https://oyenacho.me/p/013) - 012 - Identidad: La trampa que te impide ser libre. (https://oyenacho.me/p/012) - 011 - Impermanencia - 11 principios para un vida plena. (https://oyenacho.me/p/011) - 010 - Guía Definitiva para ser PAPA consciente o no... (https://oyenacho.me/p/010) - 009 - Meditación Vipassana: Mi brote psicótico en el curso de 10 días... (https://oyenacho.me/p/009) - 008 - La guía definitiva de Diseño Humano: Todo lo que necesitas saber para empezar a usarlo. (https://oyenacho.me/p/008) - 007 - ¿Son peligrosos los test de personalidad? Te suena el eneagrama, la astrología... Te cuento mi experiencia con ellos. (https://oyenacho.me/p/007) - 006 - Esta herramienta me salvó en mi crisis de los 40: La respiración consciente como herramienta terapeútica. (https://oyenacho.me/p/006) - 005 - 17 Lecciones OCULTAS de la película MATRIX para escapar de tu prisión mental invisible. (https://oyenacho.me/p/005) - 004 - Mi viaje a través de los estados NO ORDINARIOS de conciencia con sustancias psicodélicas, la respiración, y otras herramientas. (https://oyenacho.me/p/004) - 003 - De tus 30 a tus 50, ten en cuenta este concepto: La noche oscura del alma. (https://oyenacho.me/p/003) - 002 - Todo lo que necesitas saber sobre el Despertar Espiritual, para no confundirlo con la crisis de los 40 o una crisis existencial. (https://oyenacho.me/p/002) - 001 - ¿De qué va este podcast? (https://oyenacho.me/p/001) --- ## Ensayo: Corría hacia la luz para no ver lo que había debajo URL: https://oyenacho.me/ensayos/corria-hacia-la-luz-debajo Fecha: 2026-02-15 Resumen: La gula de experiencias no es curiosidad — es una huida con muy buena estética. Esta semana lo vi en un gimnasio, en la guitarra y en una madrugada de código. Autor: Nacho Muñoz ### Es la una y media de la madrugada Es la una y media de la madrugada y estoy programando. Las manos van rápido sobre el teclado, la pantalla llena de código, el café frío a un lado, y esa especie de zumbido en todo el cuerpo que conozco demasiado bien. No es cansancio. Es lo contrario del cansancio. Es una velocidad que se siente como claridad, como propósito, como estar exactamente donde tengo que estar. La habitación está a oscuras excepto por la luz de la pantalla, y hay algo en esa penumbra que me resulta familiar. Demasiado familiar. Es el mismo escenario en el que me encuentro cada vez que algo dentro de mí no quiere parar: la noche, el silencio, las manos moviéndose, la cabeza convencida de que esto es importante. Es la misma velocidad con la que hago todo últimamente: aprender guitarra, montar sistemas, leer tres libros a la vez, planificar proyectos, conectar con gente nueva. Una energía que, vista desde fuera, parece productividad. Vitalidad. Ganas de vivir. Y alguien me confronta. Me dice que me estoy alejando de lo que importa. Que mi cuerpo necesita descansar. Que mañana tengo que estar presente con Oliver. Y algo se detiene. No es la confrontación en sí. Es que la recibo. Sin defenderme. Sin explicar. Sin justificar por qué esta vez es diferente, por qué este proyecto sí merece las horas de sueño que me robo. Digo gracias. Y me voy a la cama. Y es ahí, en la oscuridad del dormitorio, con el cuerpo todavía vibrando de adrenalina y la mente resistiéndose a bajar las revoluciones, donde lo siento. Un peso en el pecho que no tiene nada que ver con el cansancio. Una tristeza que lleva días rondando y que yo, con toda mi energía brillante, no he querido mirar. Se me cierra algo en la garganta. No es llanto. Es más como un nudo que lleva ahí semanas, esperando a que pare de moverme lo suficiente como para notarlo. Y la espalda, contra el colchón, con una tensión que no sabía que estaba sosteniendo hasta que me tumbé. A las ocho de la mañana, con pocas horas de sueño y un readiness por los suelos, le cuento a alguien que estoy triste. Triste por un amigo que está pasando por algo difícil. Y al decirlo noto algo raro: me encuentro estable. No destrozado, no en crisis. Solo triste. Como si la tristeza pudiera existir sin que yo necesitara hacer algo con ella. Sin correr hacia una explicación, sin buscar la solución, sin convertirla en otra cosa. *Qué hay debajo de toda esa energía.* Eso me preguntarán en terapia esa semana. No como acusación. Como invitación. Y la pregunta se queda conmigo como un zumbido bajo, como ese ruido de fondo que solo escuchas cuando todo lo demás se calla. ### No te salgas del dibujo Estoy sentado en el suelo de un gimnasio viendo a Oliver hacer jiu-jitsu. A mi lado hay un padre con una niña de unos cuatro años. La niña tiene unos rotuladores y un papel, y está dibujando algo que no se parece a nada concreto pero que ella mira con una concentración que da envidia. Manchas de color, trazos que se salen de los bordes, líneas que van a donde quieren. Hay algo hipnótico en verla: la absoluta falta de preocupación por el resultado. Dibuja porque sí. Porque sus manos quieren moverse y el papel está ahí. Y el padre, cada treinta segundos, le dice lo mismo: *"No te salgas del dibujo."* La primera vez lo escucho como ruido de fondo. La segunda, algo se tensa en mi estómago. La tercera, ya no puedo dejar de oírlo. Porque esa frase, dicha con toda la buena intención del mundo, es exactamente el mandato que muchos llevamos grabado en el cuerpo desde que éramos esa niña. No te salgas. No te pases. No vayas ahí. Mantente dentro de los límites. Colorea bonito. Y lo cumplimos. Durante años. Décadas. Nos convertimos en adultos que colorean dentro de las líneas, que mantienen los bordes limpios, que hacen las cosas como se supone que deben hacerse. Pero lo que me interesa no es la frase en sí. Es lo que pasa después de interiorizarla. Porque a partir de cierto punto ya no necesitas que nadie te lo diga. Te lo dices tú. Cada vez que un impulso creativo te pide algo que no encaja. Cada vez que una emoción te lleva a un lugar que no tenías previsto. Cada vez que el cuerpo quiere ir a un sitio y la cabeza dice *no, eso no toca ahora*. El padre de la frase desaparece, pero el mandato queda instalado como una app que corre en segundo plano y que consume batería sin que lo sepas. Ese martes fue un día largo. Coaching por la mañana, terapia después, comida con un amigo, y luego la tarde con Oliver en el gimnasio. Un día que pedía presencia. Cada momento pedía que estuviera ahí, entero, sin prisa. Y yo, fiel a mi patrón, tuve el impulso de llegar a cada cosa pensando en la siguiente. De estar en el coaching pensando en la terapia. De estar en la terapia pensando en la comida. De estar en la comida pensando en Oliver. De estar con Oliver pensando en el trabajo que me esperaba por la noche. Siempre un paso por delante de donde estaban mis pies. Siempre con los ojos ya mirando hacia la puerta. Siempre con esa ligera inquietud en el pecho de que este momento, este en el que estoy ahora mismo, ya no es suficiente. Y ahí, sentado en ese suelo de gimnasio con la espalda apoyada contra la pared y el ruido de los niños de fondo, vi algo que no me gustó ver: que toda esa velocidad, todo ese saltar de una cosa a la siguiente, no era curiosidad. Era que mi sistema nervioso no soportaba quedarse quieto el tiempo suficiente como para que llegara lo que estaba debajo. Cada salto mental era un mecanismo de protección. Cada pensamiento sobre lo que venía después era una forma de no aterrizar en lo que estaba ocurriendo ahora. El miércoles vino con tres cierres que no busqué. Tres despedidas que no planifiqué pero que vinieron, una detrás de otra, como si la semana estuviera probando cuánto podía sostener sin correr. La primera fue en una sesión de canto. Llevaba semanas trabajando la voz con alguien que me enseñó algo que ningún curso de desarrollo personal me había enseñado: que la tristeza tiene un sonido. No una idea, no un concepto, no una explicación. Un sonido. Y ese miércoles, en medio de un ejercicio vocal, lo dejé salir. No sé cómo describirlo sin que suene a escena de película, pero fue lo contrario de una escena de película. Fue torpe. Incómodo. Mi voz se quebró en un sitio donde no esperaba que se quebrara, y en lugar de corregirla, me quedé ahí. Respirando en la grieta. Con el pecho abierto y las manos temblando ligeramente sobre los muslos, sin saber si lo que estaba pasando era liberación o derrumbe. Y notando algo raro: que no necesitaba saberlo. Que podía estar en la grieta sin categorizarla. *La presencia no llegó como logro. Llegó como rendición.* La segunda fue un cierre de trabajo. Cerré un proceso con alguien. No por conflicto, no por decepción. Porque ese ciclo había terminado. Había cumplido su función y ya no había más que hacer juntos en ese formato. Lo que me sorprendió no fue la decisión, que llevaba tiempo madurando. Fue la limpieza con la que la tomé. Sin drama, sin exceso de análisis, sin el patrón habitual de darle vueltas hasta encontrar la razón perfecta que justifique lo que el cuerpo ya sabe. Soltar un rol que te gusta pero que ha terminado su función. Eso es un tipo de presencia que no sale en los libros de mindfulness. La tercera fue con la guitarra. Me senté a practicar por la tarde y no sabía qué hacer. Literalmente. Tenía el instrumento en las manos, los dedos sobre las cuerdas, y no sabía por dónde ir. No tenía canción que ensayar, no tenía ejercicio pendiente, no tenía objetivo. Solo un instrumento y mis manos y la sensación de estar completamente perdido en algo que se supone que debería relajarme. Y el impulso apareció como un reloj: *busca un tutorial, abre YouTube, pon una canción para sacar, haz algo productivo con este rato.* La huida hacia lo útil. Hacia lo que tiene un resultado medible. Hacia lo que puedes enseñarle a alguien después y decir "mira lo que aprendí hoy". Pero me quedé. Con los dedos torpes sobre el mástil. Con la frustración de no saber. Con esa tensión en la mandíbula que me aparece cuando estoy haciendo algo sin propósito visible y algo dentro de mí interpreta que estoy perdiendo el tiempo. Y ahí, en esa frustración sin nombre, algo se asentó. No fue un insight. No fue una revelación. Fue más como cuando dejas de intentar dormirte y justo entonces el sueño viene. **La presencia no llegó como logro. Llegó como rendición.** Como dejar de intentar estar presente para simplemente estar. Las dos situaciones — el gimnasio del martes y los tres cierres del miércoles — tenían algo en común que todavía no sabía nombrar exactamente. Un mismo impulso debajo de todo. Una misma dirección de huida. Y una misma elección, torpe, imperfecta, que se repetía sin que yo la hubiera planificado: quedarme. ### Lo que conectaba esas escenas tiene nombre Lo que conectaba esas dos escenas tiene nombre. En el eneagrama, una de las pasiones del carácter es lo que llaman la gula. No de comida. De todo lo demás. De experiencias, de conversaciones, de proyectos, de versiones de ti mismo que todavía no has sido. Es un hambre que no se sacia porque no está intentando alimentarse. Está intentando no parar. Y yo la reconozco en cada rincón de mi semana cuando la miro desde este ángulo. Tardé años en llamarla por su nombre. Durante mucho tiempo la confundí con curiosidad, con vitalidad, con eso que la gente ve desde fuera y dice "qué energía tienes, qué ganas de vivir". Y probablemente lo sea, en parte. Pero hay una línea fina entre la curiosidad genuina y la huida sofisticada. La curiosidad te lleva hacia algo. La gula te aleja de algo. Y la diferencia, muchas veces, solo se nota en el cuerpo: **la curiosidad te asienta, la gula te acelera.** La curiosidad te hace quedarte un rato más con lo que estás mirando. La gula te hace mirar ya hacia lo siguiente. *La curiosidad te asienta, la gula te acelera.* Lo que descubrí esa semana es que mi gula no es la del que huye hacia las drogas o la fiesta o el exceso obvio. No es la gula del que se destruye a sí mismo. Es más sutil que eso. Es más difícil de detectar porque no tiene aspecto de problema. Yo huyo hacia lo luminoso. Hacia la posibilidad. Hacia lo nuevo que promete ser tan fascinante que justifica no detenerse a sentir lo que ya está ahí. Es una huida vestida de entusiasmo, de creatividad, de "estoy viviendo la vida al máximo". Y durante años me la creí. Porque no parece una huida. Parece lo contrario: parece estar abrazando la vida. Y en parte lo es. Pero la parte que no es abrazo — la parte que es fuga — lleva el mismo disfraz y pasa todos los controles. *No es entusiasmo. Es una fuga con muy buena estética.* En gestalt hay una idea que le pone estructura a este mecanismo: el ciclo de contacto. La idea es simple, y la primera vez que la escuché en terapia algo se movió en mi pecho, como cuando alguien nombra algo que llevabas años sintiendo sin saber que tenía nombre. Cada experiencia tiene una forma natural de moverse. Algo surge dentro de ti — una emoción, una necesidad, un deseo. Lo sientes. Te mueves hacia ello. Llegas al punto de máximo contacto, donde la emoción te toca de verdad, donde la experiencia te alcanza en el cuerpo y no solo en la cabeza. Y luego se retira. Como una ola. Surge, crece, rompe, se retira. Y entonces estás listo para la siguiente. El problema es cuando aprendes a detener la ola antes de que rompa. A interrumpir el ciclo justo antes del contacto real. Justo antes de que la emoción te toque. Y eso es exactamente lo que yo llevo toda la vida haciendo con una eficiencia que me asusta un poco cuando la veo con claridad. La gula, mirada desde la gestalt, no es más que una forma elegante de interrumpir el ciclo de contacto: saltar a la siguiente experiencia antes de que esta termine de llegarme. Saltar al siguiente proyecto antes de que este me pida algo que no sé dar. Saltar a la siguiente conversación antes de que esta me lleve a un silencio que no sé habitar. Saltar al siguiente tutorial de guitarra antes de que el silencio entre un acorde y otro me alcance con lo que trae. Eso explica la madrugada del lunes. No era que no pudiera dormir. Era que no podía parar. Porque parar significaba dejar que la ola llegara a la orilla, y yo llevaba semanas poniéndome diques. La programación a la una y media no era productividad. Era un dique más. Eso explica el martes en el gimnasio: el impulso de estar siempre en la siguiente cosa, de no aterrizar en ninguna del todo. La sensación en las piernas de querer levantarme e irme a la siguiente actividad. Mis ojos mirando hacia la puerta antes de que terminara de estar donde estaba. Mi mente ya elaborando la siguiente experiencia mientras la actual todavía no había terminado de ocurrir. Y eso explica el miércoles con la guitarra: la urgencia de buscar un tutorial cuando lo que el momento pedía era exactamente lo contrario. Quedarse con los dedos torpes. Quedarse con no saber. Quedarse con la frustración de que la ola no llegue a ningún sitio bonito. Y descubrir que a lo mejor la ola no tiene que llegar a ningún sitio bonito. Que a lo mejor el contacto real es ese: la frustración sin decorar. Si algo de esto resuena, quizás reconoces ese impulso. El de buscar lo nuevo cuando algo incómodo aparece. El de planificar la próxima experiencia luminosa cuando la actual empieza a volverse ordinaria. El de sentir esa ligera inquietud en el pecho que dice *esto ya lo has visto, muévete*. **No es entusiasmo. Es una fuga con muy buena estética.** Y lo más difícil de verla es que la gula no se siente como huida. Se siente como vida. Se siente como estar más vivo que nadie en la sala. Y a lo mejor lo estás. Pero la pregunta no es si estás vivo. La pregunta es de qué estás huyendo mientras lo estás. ### Pero hay algo que no dije Pero hay algo que no dije. La gula no solo aparece en lo obvio — en el salto entre experiencias, en la velocidad nocturna, en los ojos que ya miran hacia la puerta. También se mete en los lugares donde creemos que estamos siendo responsables. Se disfraza de estructura. De organización. De "estoy construyendo algo que importa". Y eso lo hace especialmente difícil de confrontar, porque confrontar la gula cuando se esconde en la productividad significa cuestionar cosas que el mundo te premia por hacer. El jueves me senté y escribí una lista. Las prioridades de mi vida, en orden. No las que quiero que sean, no las que quedan bien en un post, no las que mi terapeuta esperaría escuchar. Las que son. Las reales. Salud. Paternidad. Música y arte. Y después, bastante después, el contenido. Y al escribirlas sentí una presión en el pecho que reconocí inmediatamente: era la presión de estar diciendo la verdad. Esa incomodidad específica que aparece cuando dejas de mentirte y tu cuerpo registra el cambio antes de que la mente lo procese. Un calor en la cara. Las manos un poco frías. El estómago cerrado. Como cuando confiesas algo y no sabes cómo va a caer. Porque llevaba meses viviendo como si la lista estuviera al revés. Como si el contenido, la audiencia, las métricas, el crecimiento, fueran lo primero. Y todo lo demás — la terapia, Oliver, la guitarra, el contact improv — fueran cosas que hacía en los huecos que dejaba la creación de contenido. **No era madurez. Era inercia disfrazada de estrategia.** *No era madurez. Era inercia disfrazada de estrategia.* Y lo que la hacía especialmente traicionera es que parecía productividad legítima. El jueves y el viernes muestran eso con una claridad que duele. Me encanta montar sistemas. Me encanta la arquitectura, los workflows, los procesos automatizados, los dashboards con indicadores que se actualizan solos. Hay algo en la estructura, en la eficiencia, en el orden visible de las cosas, que me produce una satisfacción que se parece mucho a la calma. Configurar herramientas, cerrar procesos, organizar quién hace qué. Un día productivo. Un día donde al final puedes mirar atrás y decir "hoy avancé". Pero montar un sistema de gestión de ideas es más cómodo que tener una idea vulnerable. Optimizar un pipeline es más seguro que sentarte a escribir algo que te deje desnudo. Y reconocer eso tiene un nombre en mi cabeza aunque no lo he visto en ningún libro de psicología: **la procrastinación productiva.** No es que no hagas nada. Es que haces muchas cosas que se sienten importantes, que son técnicamente útiles, que avanzan algún proyecto, pero que te mantienen ocupado exactamente en lo que no requiere que te expongas emocionalmente. Es la gula metida en la productividad como un polizón que pasa todos los controles porque lleva traje de negocios. Y aquí está la complicación honesta, la que me cuesta escribir: no todo es gula. También hay estructura legítima. También hay necesidad real de organizar, de construir, de sostener lo que estás creando. La infraestructura es necesaria. Los sistemas bien montados crean espacio. La organización permite la creatividad. No todo es evitación. Pero tampoco todo es necesidad. Y la línea entre construir para sostener algo real y construir para no enfrentarse a lo real es tan fina que a veces solo se ve mirando atrás. A veces ni mirando atrás. Y yo no siempre sé en qué lado estoy. Eso es lo que hace que este patrón sea tan difícil de trabajar. No es blanco y negro. No puedo simplemente dejar de construir, dejar de crear sistemas, dejar de moverme. Porque una parte de ese movimiento es genuino, es necesaria, es incluso bonita. Pero otra parte — y esa semana lo sentí con una claridad que dolía en el pecho — es el ciclo interrumpiéndose otra vez. Es la ola detenida antes de romper. Es mi carácter haciendo lo que mejor sabe hacer: correr hacia lo luminoso para no quedarse con lo oscuro. Y lo vi con una honestidad incómoda mirando la semana completa: el jueves y el viernes habían sido días enteros de infraestructura. Configurar herramientas, optimizar workflows, cerrar procesos. Al final del viernes, con todo en su sitio, sentí esa satisfacción de "hoy avancé". Pero algo me preguntó por dentro: *y ahora que todo está en su sitio, ¿qué vas a hacer con el espacio que queda?* Porque ahí está la sombra. El espacio que queda cuando la infraestructura está montada es exactamente el espacio donde ocurre lo que de verdad importa: sentarte a escribir sin saber qué va a salir. Coger la guitarra sin tutorial. Llamar a alguien y decir lo que sientes sin guión. Y ese espacio, ese hueco vacío, es exactamente lo que mi patrón lleva toda la vida llenando antes de que tenga tiempo de ser vacío. *La coherencia no es una meta. Es un espejo.* **La coherencia no es una meta. Es un espejo.** Y cuando te miras en él y no te reconoces, puedes hacer dos cosas: o ajustar el espejo, o ajustarte tú. Mi patrón llevaba años ajustando el espejo. Buscando el ángulo, la luz, el filtro que hiciera que lo que veía se pareciera a lo que quería ver. Esa semana, por primera vez en mucho tiempo, elegí ajustarme yo. Sin saber exactamente cómo. Solo con la sensación de que el orden correcto de las cosas ya existía en alguna parte de mi cuerpo, y que lo único que tenía que hacer era dejar de discutirlo. ### El acorde que suena limpio Domingo por la tarde. Los dedos sobre las cuerdas de la guitarra. Un acorde que suena limpio. Otro que suena a lata. Y un silencio entre ambos donde cabe toda la semana. Llevo siete días haciendo lo mismo sin darme cuenta: elegir quedarme cuando el impulso me pide correr. Y no porque me haya convertido en un monje zen ni porque haya encontrado la fórmula de la presencia. Sino porque algo se ha movido, despacio, sin nombre, en algún lugar entre el pecho y la garganta, y todavía no sé bien qué es. Hay una paradoja en todo esto que no se me escapa: estoy escribiendo un ensayo sobre no convertir las cosas en contenido. Estoy usando palabras para hablar de lo que pasa cuando las palabras se callan. Estoy construyendo una estructura — estas secciones, estos párrafos — para hablar de los momentos en que la estructura sobra. Pero a lo mejor eso también está bien. A lo mejor la paradoja es parte del asunto. A lo mejor alguien que ha pasado toda la vida corriendo hacia lo luminoso necesita, por un tiempo, usar sus propias herramientas para señalar exactamente la dirección contraria. Como un mapa que dice "aquí no hay mapa". Como un cartel que dice "deja de leer carteles". No sé si esta semana cambió algo en mí o simplemente hizo visible algo que ya estaba cambiando. No sé si nombrar la gula es el primer paso para interrumpirla o solo una versión más sofisticada de la misma huida — ahora envuelta en autoconocimiento. Lo que sé es que la guitarra suena un poco diferente cuando no intento que suene bien. Que la tristeza pesa menos cuando no intento que se vaya. Y que hay algo debajo de toda esta energía que no es un problema por resolver sino un territorio por habitar. Si estás leyendo esto, probablemente reconoces algo de lo que cuento. La velocidad que esconde algo bajo. El brillo que distrae de la sombra. La sensación de que estás haciendo mucho pero sintiendo poco. Y si es así, no tengo consejo que darte. Solo una pregunta: la próxima vez que sientas el impulso de correr hacia lo siguiente, ¿qué pasaría si te quedaras un momento más con lo que ya está ahí? A lo mejor no pasa nada. O a lo mejor pasa exactamente lo que tiene que pasar. --- ## Ensayo: El adulto que aprendí a ser esta semana URL: https://oyenacho.me/ensayos/el-adulto-que-aprendi-a-ser Fecha: 2026-03-01 Resumen: Una creencia tragada en la infancia bloquea el ciclo de contacto completo. Esta semana, el cuerpo decidió expulsarla. Introyección, Contact Improv, y un cristal en el pecho. Autor: Nacho Muñoz ### El cristal en el pecho Llego a casa un lunes por la tarde después de cuatro días en Italia y lo primero que noto es que algo ha cambiado en mi pecho. No sé cómo nombrarlo todavía. Es como un cristal. No un cristal bonito, no un cuarzo de esos que la gente pone en la mesita de noche para atraer buenas energías. Es algo metálico, rígido, como si alguien hubiera instalado una placa entre mis costillas mientras yo no miraba. La maleta está abierta en el suelo del salón. Dentro, la ropa arrugada de cuatro días que todavía huele a otro lugar. El silencio de la casa es espeso, de esos que se notan después de haber estado rodeado de cuerpos y de música y de respiraciones ajenas. Cuatro días de contact improv en Bologna. Cuatro días de cuerpos que se dan y se reciben sin contrato, de intimidad sin agenda, de presencia que no pide nada a cambio. Y ahora, de vuelta, el cuerpo me pasa la factura. No la factura del cansancio. La factura de haberse abierto. Respiro y el cristal responde. Inhalo profundo y algo entre las costillas se endurece, como si dijera *no, más adentro no*. Me temblaban las piernas cuando me acercaba a alguien en Bologna. Literalmente. Como si tuviera frío, pero no era frío. Era miedo. Mi cuerpo diciendo algo que mi mente no quería escuchar: *esto te importa, y lo que te importa puede hacerte daño.* Esa noche hago algo que normalmente no hago: me quedo quieto con la sensación. No la analizo. No busco el framework psicológico que la explique. No abro ningún libro. Solo me siento con ese cristal en el pecho y le dejo estar. *Es la resistencia al dolor.* Y lo que descubro es que el cristal no es dolor. **Es la resistencia al dolor.** Es todo lo que mi cuerpo ha apretado durante años para no sentir demasiado, para no abrirse demasiado, para no quedar demasiado expuesto. El cristal es mi armadura. Y por primera vez, en vez de querer quitármela, solo la siento. No sé todavía lo que viene. No sé que esta semana voy a llorar más de lo que he llorado en meses. Solo sé una cosa: que algo se ha abierto en Italia y que cerrarlo ya no es una opción. ### Lo que el cuerpo intenta expulsar Me despierto el martes con el cristal transformado. Ya no es una placa entre las costillas. Ahora es algo más localizado, más denso, como un nudo metálico en el centro del pecho. Y al respirar profundo, al intentar llenar los pulmones del todo, el nudo responde con un dolor agudo que me recorre hasta la garganta. Sé que tengo que hablar con alguien. No analizar, no journalear, no buscar el patrón. Hablar. Dejar que la voz saque lo que el cuerpo está reteniendo. Y lo que sale es esto: *me da miedo que alguien me quiera así.* Lo digo en voz alta y al decirlo se me llenan los ojos. Porque no es una frase. Es una verdad que llevaba semanas — quizá meses, quizá años — escondida detrás de mis mecanismos. Detrás de mi capacidad de analizar todo, de entender todo, de poner nombre a todo sin tener que sentir nada del todo. Cuatro días rodeado de una intimidad corporal que no pedía nada a cambio. Cuerpos que se entregaban sin condiciones, sin amenazas veladas, sin silencios que castigaban. Y mi sistema, en vez de recibirlo, se había cerrado como una ostra. Porque eso — precisamente eso — era lo más peligroso que conocía. **Al decirlo me emocioné porque sentí que era algo que yo hubiera querido de mi madre.** Un amor así. Sin intermitencias. Sin el miedo constante a que se retirara. Y necesito decir algo sobre esto: mi madre me amó. Lo sé. Lo que estoy describiendo no es un reproche. Es lo que siente el niño que fui, la forma en que lo registró su cuerpo pequeño, aunque si le preguntas a mi madre ella lo vivió de otro modo. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo. Y eso no las hace menos dolorosas. Y ahí estaba la conexión que mi cuerpo había estado señalando desde Italia: no era miedo a la intimidad como concepto abstracto. Era miedo a recibir un tipo de presencia que se parecía demasiado a la que necesité de niño y no tuve. O mejor dicho, que tuve a ratos, entre silencios y enfados, entre momentos de ternura y momentos de distancia que me dejaban sin suelo. Cuatro días de contact improv habían puesto todo eso en la superficie. Cuatro días de cuerpos que se quedaban. Que no se retiraban. Que no castigaban con la ausencia. Y el terror que eso me generó era proporcional a lo mucho que lo necesitaba. Y entonces apareció la trampa más sofisticada de todas: la mente fabricando escenarios. *¿Y si me abro del todo? ¿Y si no puedo volver a cerrarme?* Mi fantasía quería una de dos cosas: o una promesa de que esa intimidad iba a ser para siempre, o un portazo ahora mismo para no sufrir después. Todo o nada. Certeza absoluta o huida total. Así funciona mi carácter cuando algo le importa: la gula aplicada al amor, necesitar saberlo ya, necesitar un mapa y una garantía. Y si no la tengo, prefiero salir corriendo antes de que el dolor me alcance. Pero esa tarde descubrí algo que no había podido ver antes. Descubrí que hay una tercera opción que no es ni la promesa eterna ni la huida. Es la opción más incómoda de todas: quedarse. Quedarse en el medio. Quedarse sin saber. Quedarse con el cristal en el pecho y el miedo en la garganta y decir: *estoy asustado, y voy a quedarme de todas formas.* No porque sea valiente. Sino porque archivar ya no funciona. El nudo se fue moviendo durante el día, del pecho hacia el estómago, y al final, después de meditar, lo lloré. Unas pocas lágrimas. Pero algo se transformó: el cristal se hizo más vivo. Ya no era rigidez metálica. Era algo que pulsaba. El miércoles me desperté con el cristal en los ojos. Se había movido durante la noche, subiendo desde el estómago por la garganta hasta instalarse justo detrás de los párpados. Y cada vez que conectaba con la emoción — cualquier emoción, ni siquiera tenía que ser grande — se me llenaban los ojos de lágrimas. Era como si algo que llevaba mucho tiempo comprimido hubiera encontrado por fin el camino de salida y estuviera empujando desde dentro. Y entonces emergió un recuerdo que creía que ya había "trabajado". Un recuerdo que tenía su etiqueta puesta, su explicación archivada, su casilla marcada en la lista de cosas resueltas en terapia. Pero el cuerpo no archiva. El cuerpo guarda. *Cuando alguien te quiere, es cuestion de tiempo que deje de hacerlo.* Cuando era pequeño, mi padre estuvo siete años fuera. Siete años en los que fui el hombre de la casa. Tenía cuatro, cinco, seis años, y ya era el sostén emocional de mi madre. Su apoyo. Su confidente. Un niño haciendo de adulto porque no había otro adulto disponible. Y cuando mi padre volvió, a mis siete años, algo se rompió. Mi madre ya no me necesitaba de la misma forma. Ya no era su hombrecito. Volví a ser el hijo. Y esa transición — de necesario a prescindible — se registró en mi cuerpo como un abandono. No un abandono dramático. Un abandono silencioso, de esos que no dejan marca visible pero te reorganizan por dentro. Lo que vino después fue un amor intermitente. Momentos de ternura que no puedo ni siquiera recordar con nitidez, pero que sé que existieron. Y entre medias, frialdad. Silencios que a veces duraban días. Enfados que venían de la nada. Lo suficiente para que mi sistema aprendiera una lección que todavía estoy desaprendiendo: **cuando alguien te quiere, es cuestión de tiempo que deje de hacerlo.** Y ahora, treinta y tantos años después, cuatro días de contact improv me habían puesto delante de un amor que no se retiraba. Una intimidad constante, devota, sin intermitencias. Y mi cuerpo entraba en pánico. Porque si esa devoción colectiva se parecía al amor que necesité de mi madre, también se parecía al amor que perdí. Y perderlo otra vez — ahora que ya no soy un niño, ahora que soy un adulto que supuestamente puede con todo — me daba más miedo que cualquier cosa. Sentí algo en los intestinos. Literalmente. Como algo que necesitaba salir del cuerpo de la forma más primitiva posible. No es una metáfora elegante. Es lo que pasaba. Mi organismo estaba rechazando esa creencia vieja, empujándola hacia abajo, hacia afuera, como quien se desintoxica de algo que lleva demasiado tiempo envenenando. Esa tarde fui a acompañar a una amiga al tanatorio. Su padre había muerto. Y camino allí noté algo revelador: me empezaron a doler los hombros, la cabeza, la sien derecha. Y mi mente, en vez de conectar el dolor con la situación real, empezó a echarle la culpa a lo de Italia. *Claro, es por lo de Bologna.* Mi neurosis desviando la atención, como siempre, hacia el territorio que puede controlar. Pero esta vez lo vi. Vi la maniobra en tiempo real. Vi cómo mi mente intentaba poner un marco explicativo sobre algo que no necesitaba explicación sino presencia. Y pude separarme de eso. Pude decir: *no, lo que me duele ahora es porque voy a un tanatorio, porque mi amiga acaba de perder a su padre, porque hoy ha sido un día largo de emociones y mi cuerpo está cargando con todo eso.* Lo que mi cuerpo estaba intentando expulsar era esa creencia que había llevado dentro toda la vida: **el amor es intermitente.** Y no era una creencia que hubiera elegido. Era algo que me había tragado de pequeño sin poder cuestionarlo. Esa noche, ya en casa, supe algo con una claridad que no venía de la cabeza: *sé que ya no soy ese niño, pero ese niño sigue en mí. Y sigue necesitando que yo le sostenga. No que le explique. No que le archive. Que le sostenga.* Las dos situaciones — la intimidad que me daba pánico recibir y el duelo que me negaba a sentir directamente — tenían algo en común que todavía no sabía nombrar. ### La creencia tragada Lo que acabo de describir tiene un nombre en gestalt. Se llama introyección. Y aunque suene a palabra de manual, lo que significa es bastante simple: tragarte algo sin masticarlo. Una regla, una creencia, una forma de funcionar que viene de fuera — normalmente de tus padres, de tu entorno — y que incorporas tal cual, sin cuestionarla, porque eras demasiado pequeño para hacerlo. Y esa cosa tragada se queda ahí dentro, operando en la sombra, dictando cómo vives y cómo amas sin que te des cuenta. El problema de la introyección no es que exista. Todos tenemos creencias tragadas. El problema es lo que le hace al ciclo de contacto. En gestalt, el ciclo de contacto es la forma natural en que se mueve una experiencia emocional: algo nace dentro de ti, lo sientes, te mueves hacia ello, lo tocas, lo asimilas, y sueltas. Es como una ola. Surge, crece, rompe, y se retira. Pero cuando tienes un introyecto instalado — una creencia vieja que opera antes de que puedas pensar —, el ciclo se bloquea en la primera fase. Antes de que la sensación pueda moverse hacia ninguna parte, antes de que puedas expresarla, actuar desde ella, o cerrarla, ya hay una creencia que la intercepta. No es que no sientas. Es que lo que sientes pasa primero por ese filtro viejo, y sale distorsionado. O no sale. Eso es exactamente lo que pasaba esa semana. El cristal en el pecho no era dolor. Era la resistencia al dolor. Era el introyecto "el amor se retira" bloqueando el ciclo antes de que pudiera moverse. Mi cuerpo estaba intentando completar algo — sentir la ternura, recibirla, dejarla entrar — y la creencia tragada lo frenaba cada vez. Como un portero que no deja pasar a nadie porque una vez, hace treinta años, alguien entró y destrozó la casa. Lo que me fascina de la introyección es que no se siente como algo ajeno. Se siente como tuyo. "El amor es intermitente" no era una idea que pudiera cuestionar, porque formaba parte de la arquitectura con la que veía el mundo. No era un pensamiento que aparecía y se iba. Era el cristal a través del cual miraba todo. Y cuando la vida me ponía delante un amor que no se retiraba, mi sistema no podía procesarlo. No cabía en el marco. Era como intentar meter una pieza de un puzzle diferente: la forma no encajaba, y en vez de cuestionar el marco, mi cuerpo cuestionaba la pieza. *Esto no puede ser real. Esto se va a terminar. Esto me va a destruir.* Yo soy un archivador de campeonato. Llevo toda la vida convirtiendo emociones en insights, experiencias en aprendizajes, dolor en contenido. Es mi superpoder y es mi trampa. Porque mientras archivo, no siento. Y mientras no siento, el ciclo no se completa. Y mientras el ciclo no se completa, el introyecto sigue ahí, intacto, gobernando desde un lugar que no puedo ver porque me he convencido de que es parte de mí. Incluso este ensayo — mientras lo escribo — es en parte una forma de archivar. De convertir lo vivido en algo comprensible, manejable, publicable. Y lo sé. Y lo hago igual. Porque todavía no conozco otra forma de estar con lo que siento que no pase por nombrarlo. **Si algo de esto resuena, a lo mejor reconoces esa misma pauta en ti.** Una creencia que llevas tanto tiempo dentro que ya no la distingues de ti mismo. Algo que no elegiste pero que opera como si lo hubieras firmado. La pregunta no es si la tienes — todos la tenemos —. La pregunta es: ¿cuál es el introyecto que lleva tu nombre pero no es tuyo? ¿Qué emoción llevas archivando que nunca ha recorrido su camino completo? ### Ver el juego mientras lo juegas Pero hay algo que no dije sobre la introyección: verla no es lo mismo que soltarla. El jueves medité veintidós minutos y durante toda la meditación no pude dejar de pensar en dos cosas. Una representaba todo lo que me daba miedo y todo lo que deseaba al mismo tiempo. La otra representaba la facilidad, lo que no dolía, lo que no exigía que me rompiera para abrirme. Estaba sentado con los ojos cerrados, la espalda recta, intentando observar mis pensamientos sin engancharme a ellos — como me han enseñado en vipassana, como he practicado cientos de veces — y lo que observaba era esto: mi mente saltando de una posibilidad a otra como un mono entre ramas. De la intensidad al alivio. Del miedo al confort. De la profundidad a la superficie. Y debajo de esas dos imágenes había una pregunta que mi cuerpo ya estaba respondiendo: *¿estoy buscando conexión genuina o estoy buscando anestesia?* Es una pregunta brutal. Y lo es porque no tiene una respuesta limpia. Porque a veces las dos cosas coexisten. A veces quieres profundidad de verdad y también quieres que no te haga daño. A veces quieres abrirte y también quieres descanso. Y la trampa no está en sentir las dos cosas — eso es humano — sino en usar una para no sentir la otra. Era la gula de mi carácter aplicada al amor: no puedo tolerar la incertidumbre de no saber cómo va a terminar esto. Necesito saberlo ya. Y si no lo sé, abro otra ventana. Busco la siguiente experiencia que pueda llenarme sin que me cueste tanto. Lo vi. Lo vi claro. Y eso fue nuevo. En relaciones anteriores, en experiencias anteriores, este patrón me llevaba meses descubrirlo. A veces años. Me abría a algo, construía un castillo en el aire, vivía en él durante un tiempo precioso e insostenible, y después, cuando la realidad empezaba a filtrarse por las rendijas, colapsaba. Pero esta vez el ciclo se comprimió. Del lunes al jueves. Cuatro días. Y algo en mí — creo que era el adulto del que voy a hablar ahora — podía ver el patrón sin necesidad de vivirlo entero hasta el final. *El Adulto que ve el patron y el Nino que lo ejecuta son la misma persona.* En análisis transaccional, Berne describió tres lugares desde los que respondemos: el Padre, el Adulto y el Niño. El Padre es la voz interiorizada de tus figuras de autoridad. El Niño es la parte emocional, la que reacciona desde la historia vieja. Y el Adulto es el que procesa la realidad de ahora sin contaminarla con el pasado. Lo que estaba pasando esa semana era que el Adulto y el Niño operaban al mismo tiempo. El Niño sentía pánico, quería huir o quería certeza absoluta. Y el Adulto podía verlo, podía decir *espera, esto ya lo conozco*, sin que esa observación fuera solo otro mecanismo de archivar. Pero el viernes se demostró que ver no es lo mismo que cambiar. Primero vino la mañana. Mientras jugaba al golf — que es uno de esos sitios donde mi cuerpo piensa sin que mi cabeza le interrumpa — sentí de golpe que podía soltar todo esto. Una euforia de alivio, como quitarte un chaleco antibalas después de horas llevándolo puesto. El cuerpo ligero, libre, casi burbujeante. Y mi mente fabricando razones para la huida. Pero sobre el hoyo nueve o diez, la euforia se desplomó. Así, sin aviso. Como si mi cuerpo dijera: *vale, ya has disfrutado de la fantasía de irte, ahora siente lo que hay debajo.* Y lo que había debajo era una tristeza que no tenía que ver con nadie en particular. **Es seguir solo. Esperando a que llegue lo que tenga que llegar.** Eso fue probablemente lo más honesto que dije en toda la semana. *Es seguir solo. Esperando a que llegue lo que tenga que llegar.* Y después, esa misma noche, tuve un conflicto con alguien cercano. Un malentendido. Yo interpreté algo que no se estaba diciendo, me adelanté a un abandono que no estaba pasando, y actué desde el miedo en vez de desde la curiosidad. Mi patrón de siempre: *antes de que me dejes, yo ya te doy permiso de irte.* Una forma de protegerme que funciona como un cortafuegos: si yo te digo que puedes irte, el dolor de que te vayas ya no me pilla desprevenido. Lo fascinante fue que lo vi mientras lo hacía. No después, no en una sesión de terapia tres semanas más tarde. Lo vi en tiempo real: *estoy interpretando, no me están diciendo eso, estoy proyectando mi miedo.* Y pude pedir disculpas sin destruirme. Pude decir *me he equivocado, he proyectado, lo siento* y seguir en pie. Pero el daño ya estaba hecho. El introyecto había ejecutado su programa antes de que el Adulto pudiera interceptarlo. Esa es la complicación real. La que no cuentan los libros de terapia: **el Adulto que ve el patrón y el Niño que lo ejecuta son la misma persona.** Puedes nombrar el juego mientras lo juegas — y eso es un avance enorme, es lo que Berne diría que es el primer paso hacia la autonomía — pero no lo cancela automáticamente. Es como ver la ola venir hacia ti y no poder moverte. Sabes lo que está pasando. Y sigues ahí. Esa noche, cuando todo se había calmado, sentí algo en las piernas. Una solidez que no venía de la cabeza — que es donde normalmente busco la solidez, en las razones, en los argumentos bien construidos —. Las piernas no argumentan. Las piernas sostienen. Y desde ahí le dije a mi niño interior — que suena ridículo, lo sé, pero es lo que hice —: *ya no tienes que salvarme de nada. Ya puedo sostenerme yo. Ya puedes ser niño. Ahora sí estás con un adulto de verdad.* *Un adulto que puede sostenerse y sostenerle.* Y lo sentí real. No como una afirmación positiva. No como un mantra de autoayuda. Como algo que vivía en mis piernas, en mi pecho, en la forma en que respiraba. **Un adulto que puede sostenerse y sostenerle.** Esta semana aterricé en cuatro días. Antes me llevaba meses. No es que ya no sienta. Es que el Adulto llega antes. No siempre a tiempo para evitar el daño. Pero sí a tiempo para recoger los trozos sin colapsarse. Y el sábado descubrí algo más que complicaba todavía el cuadro. Pasé la semana llenando cada minuto con significado — conversaciones profundas, trabajo creativo, una película sobre la resurrección, acompañar a una amiga al tanatorio, más ideas, más cosas que producir —. Todo con peso. Todo con trascendencia. Todo como si cada minuto del día tuviera que justificar su existencia siendo extraordinario. Y cuando alguien me preguntó qué había hecho los últimos tres días que fuera sencillo, ordinario, sin peso, no pude recordar. *Ni lo recuerdo. Hace mucho.* La gula de significado como anestesia sofisticada: todo parece sano, todo parece admirable, pero el motor que lo impulsa a veces no es deseo genuino sino compulsión. El miedo a lo que hay debajo del significado: nada. La vida ordinaria, sin lección, sin marco teórico que la justifique. A lo mejor esa es la siguiente frontera. No la intimidad, no las relaciones, no el cuerpo. Sino el permiso de ser ordinario. ### El cansancio de haber sentido El domingo no tuve insights. Lo digo así, directo, porque después de seis días de cristales en el pecho, lágrimas, recuerdos de infancia, conversaciones honestas, introyectos que quieren salir y gula de significado, lo más real que puedo contar del domingo es que estaba cansado. Cansado y triste. Y debajo del cansancio, más tristeza. Y debajo de la tristeza, más cansancio. Un bucle suave, sin drama, sin revelaciones. Hay un tipo de cansancio que conozco bien: el del rendimiento. El que viene de hacer demasiado, de producir demasiado, de ser demasiado. Ese cansancio es ruidoso. Se queja. Pide vacaciones, pide recompensas, pide que alguien reconozca lo mucho que has trabajado. Es el cansancio del ego. Pero el cansancio del domingo era otra cosa. Era un cansancio limpio. Que no pedía nada. Que no necesitaba explicación ni solución ni descanso programado con fecha de vuelta a la productividad. Era el cansancio de haber sentido mucho. De haber dejado que las cosas pasaran por mi cuerpo en vez de archivarlas en la cabeza. De haber llorado, temblado, sostenido, soltado, hablado y escuchado. Y ahora, simplemente, necesitar parar. Algo se había completado. No todo. No los grandes ciclos. Pero al menos uno: el ciclo de dejar que algo me doliera sin archivarlo, sin explicarlo, sin convertirlo en insight o en otro ladrillo más para la fortaleza mental en la que llevo años viviendo. Dejé que me doliera y después dejó de doler. No porque lo resolviera. Sino porque lo viví. El cristal ya no estaba. No sé cuándo se fue exactamente. Pero el pecho se sentía vacío de un modo nuevo. No el vacío del que huye. El vacío del que ha dejado pasar algo por fin. No sé si mañana volveré a archivar. Probablemente sí. Probablemente la semana que viene me pille a mí mismo poniendo etiquetas donde debería estar sintiendo, buscando frameworks donde debería estar respirando, huyendo hacia el significado cuando lo que mi cuerpo pide es nada. Pero esta semana no. Esta semana fui el adulto que mi niño necesitaba. Y eso, aunque suene pequeño, es lo más grande que he hecho en mucho tiempo. Y tú, si has llegado hasta aquí, a lo mejor te reconoces en algo de esto. En el cristal, o en la huida, o en la creencia tragada que llevas dentro como si fuera tuya. Si es así, no tengo un consejo. Solo una pregunta: ¿dónde lo sientes? ¿En el pecho, en el estómago, en los ojos? ¿Y puedes quedarte ahí un momento más, sin archivarlo, sin explicarlo, sin convertirlo en nada que no sea lo que es? No sé si la respuesta importa. Pero la pregunta sí. --- ## Ensayo: Fui a Bolonia sin saber que llevaba conmigo URL: https://oyenacho.me/ensayos/fui-a-bolonia-sin-saber Fecha: 2026-02-22 Resumen: La diferencia entre ir hacia el otro porque puedes y correr hacia el otro para no sentir lo tuyo. Lo que Fritz Perls llamaba autoapoyo. Autor: Nacho Muñoz ### Quise ir a consolarte. Y no pude. Estoy en una sala con doce personas sentadas en círculo y alguien empieza a llorar. No un llanto discreto, de esos que puedes contener con un trago de agua y una respiración profunda. Un llanto de los que abren grietas. De los que te llegan al pecho antes de que puedas decidir si quieres recibirlos o no. Y mi cuerpo hace lo de siempre: se tensa. Se prepara. Siento una presión en el esternón, como si alguien me hubiera puesto la mano ahí y empujara hacia dentro. Las piernas se me ponen rígidas. Y hay algo en mí que quiere levantarse, cruzar esa sala, poner una mano en el hombro que tiembla y decir *tranquilo, estoy aquí*. Es un impulso que conozco bien. Llevo toda la vida sintiéndolo. Ese tirón que me saca de mi sitio y me lleva hacia el dolor del otro como si fuera un imán. Pero esta vez me quedo. No me quedo porque sea valiente ni porque haya leído un libro sobre límites. Me quedo porque no puedo moverme. Literalmente. Mi cuerpo no me deja. Hay una angustia ahí, en el centro del pecho, que es mía. No es la del otro. Es mía. Y si me levanto ahora, si cruzo esa sala, lo que estoy haciendo en realidad no es consolar a nadie. Es huir de lo que siento yo. Me quedo sentado con las manos en los muslos y la mandíbula apretada. Y la persona sigue llorando. Y yo sigo ahí. Quieto. Con algo dentro del pecho que pesa como si tuviera forma y volumen, como si alguien hubiera metido una piedra caliente detrás del esternón y la piedra no se moviera. ### Me solté. Y descubrí que existía un tercer lugar. Al día siguiente fui a Contact Improvisation. Llevo semanas yendo, pero siempre había una parte de mí que bailaba desde el control. Que calculaba los movimientos, que medía la distancia, que estaba pendiente de si lo estaba haciendo bien o haciéndolo mal. Una parte que no se fiaba del todo del cuerpo y prefería que la cabeza llevara el mando. La misma parte, probablemente, que el día anterior quería cruzar la sala para consolar a alguien en vez de quedarse con lo suyo. Esa noche fue diferente. Empecé a moverme y en algún momento dejé de pensar. Me tiré al suelo. Me levanté. Me apoyé en alguien y sentí su peso sin intentar sostenerlo todo. Bailé con varias personas, una detrás de otra, y en algún punto noté que mi cuerpo ya no estaba esperando instrucciones de mi mente. Se movía solo. Y era bueno. Era libre. Había una especie de inteligencia ahí que no pasaba por la cabeza, que no necesitaba permiso ni explicación. El cuerpo sabía exactamente cuánto peso dar, cuánto recibir, cuándo separarse, cuándo quedarse. Hubo un momento con una persona en particular donde sentí algo en el cuerpo que antes me habría desbordado. No lo llamé nada. No le puse nombre. Solo lo sentí llegar, existir unos segundos, y seguir moviéndose. Sin historia. Sin miedo. Eso puede sonar a poco si no conoces lo que había antes. Antes había un niño que confundía intimidad con peligro. Que cada vez que sentía algo en el cuerpo cerca de alguien, activaba toda la maquinaria de defensa: o huía, o se enganchaba, o intelectualizaba la experiencia hasta que dejaba de sentirla. No había punto medio. O me perdía en el otro o me blindaba contra el otro. Y las dos cosas, aunque parecen opuestas, salen del mismo sitio: del terror a lo que pasa cuando simplemente te quedas con lo que sientes sin hacer nada con ello. Y ahí, en esa sala, tirado en el suelo con la espalda apoyada en la espalda de alguien que respiraba a un ritmo distinto al mío, descubrí que existía un tercer lugar. Un lugar donde podía sentir sin perderme. Donde la energía llegaba limpia y se iba limpia. Donde mi cuerpo no necesitaba hacer nada con lo que sentía excepto dejarlo pasar. No era desapego. No era control. Era algo que no tenía nombre todavía pero que mi cuerpo reconocía como si llevara toda la vida esperándolo. Esa noche me quedé después. Normalmente me iba rápido, saludaba a dos o tres personas y me marchaba. Esta vez me senté con el grupo. Hablé. Me reí. Sentí que pertenecía. No como invitado, no como observador. Como parte. Y eso tampoco es poca cosa para alguien que durante mucho tiempo vivió en los márgenes de cualquier grupo, siendo el que veía todo pero no se dejaba ver del todo. Lo que conectaba esto con el día anterior era algo que tardé días en formular pero que ya estaba ahí, en la textura de lo que sentí: cuando me quedé con mi dolor el lunes, cuando no crucé la sala, algo en mi cuerpo empezó a reordenarse. Y el martes en Contact, ese orden nuevo se hizo físico. Podía estar con el otro sin necesitar nada de él. Podía sentir sin que el sentir me tragara. Había un suelo debajo de mis pies que antes no existía. Probablemente muchos conocemos esa sensación: el cuerpo va por delante y la mente necesita días — a veces semanas, a veces meses — para alcanzarlo. Es frustrante cuando estás acostumbrado a que la mente lo entienda todo primero. Pero hay una inteligencia en esa lentitud. El cuerpo no necesita explicaciones para saber. Solo necesita espacio para moverse. Me fui a casa caminando. Hacía frío pero no tenía prisa. Sentía el cuerpo como después de haber llorado mucho, pero sin haber llorado. Vacío de lo que sobraba. Ligero. Algo se había movido esa noche y no sabía exactamente qué. Pero tenía la sensación física de que mi cuerpo había aprendido algo que mi cabeza todavía no podía nombrar. Y esa noche, por primera vez en mucho tiempo, le di ese espacio. Al día siguiente, un miércoles sin nada extraordinario, fui al gimnasio con un amigo. Rutina normal. Pesas, máquinas, una hora y media compartiendo esa clase de silencio cómodo que solo existe entre personas que no necesitan rellenarlo con palabras. Y al salir, en el vestuario, me encontré con alguien a quien no veía desde hacía tiempo. Mi antiguo peluquero. Un tío majo, de esos que te cortan el pelo y te preguntan por la vida como si de verdad les importara. Me vio, sonrió, me abrazó, y me dijo: *"Dale recuerdos a tu mujer."* Llevo dos años separado. Él no lo sabe. Y no pasó nada. Ni incomodidad, ni necesidad de explicar, ni ganas de corregir la información. Solo un pensamiento quieto: *es normal, me conoció con ella, supone que seguimos juntos.* Y lo dejé pasar. Hace dos años, esa frase me habría abierto un agujero en el pecho. Me habría obligado a dar contexto, a narrar la separación, a procesar algo en voz alta que ya no necesitaba ser procesado. Habría sentido la urgencia de aclarar la situación, de ubicar a esa persona en mi realidad actual, de no dejar que la información incorrecta flotara en el aire como si fuera verdad. Pero ese miércoles simplemente pensé: *total, lo veo una vez, para qué explicarlo.* El dato flotó. Y no pesó nada. Esa tarde jugué al golf con otro amigo que sí ha visto todo mi proceso. Los últimos dos años y medio, la separación, la terapia, las crisis, los descubrimientos. Le conté lo del peluquero y me dijo algo que se me quedó: *"Estás en paz."* No lo dijo como halago ni como evaluación. Lo dijo como quien constata algo evidente. Como quien dice *hace sol*. *Estás en paz.* Y lo raro es que era verdad. No la paz de los que han resuelto todo, porque no he resuelto nada del todo. Sino la paz de los que ya no necesitan que todo esté resuelto para estar tranquilos. La paz de los que pueden convivir con la ambigüedad sin que les coma por dentro. Por la noche hice algo que puede sonar absurdo pero que para mí fue un gesto lleno de significado: me afeité la cabeza. No porque estuviera mal. No como acto de rebeldía ni de reinvención. Simplemente como un gesto de aceptación. *Acepto el pelo que tengo. Lo pongo así y acepto.* Acepto lo que es. Sin luchar contra ello. Sin disfrazarlo. Sin intentar que sea diferente. Y sé que estoy hablando de pelo. Pero no estoy hablando solo de pelo. Estoy hablando de dejar de pelear con lo que es. De soltar la necesidad de que las cosas sean como quiero para poder estar bien. De mirar lo que hay — mi cabeza, mi separación, mi vida tal como es ahora — y decir: *vale, esto es lo que hay, y puedo estar aquí*. Estas dos escenas — el Contact del martes y el miércoles sin drama — tenían algo en común que tardé unos días en poder nombrar. En las dos, algo en mí se había asentado. En las dos, el cuerpo estaba en un lugar diferente al de meses atrás. No necesitaba correr hacia nadie, ni explicar nada, ni hacer nada con lo que sentía. Podía simplemente estar. Y desde ese estar, ir hacia el otro cuando quisiera — no cuando lo necesitara. Algo había cambiado entre el lunes y esos dos días. Algo que todavía no sabía cómo llamar. ### Lo que Fritz Perls llamaba autoapoyo Hay algo que tiene nombre en la terapia gestalt, aunque cuando lo vives en el cuerpo no necesita nombre para funcionar. Fritz Perls lo llamaba **autoapoyo** — *self-support* — y lo que significa, aunque suene técnico, es algo que probablemente muchos reconocemos cuando lo escuchamos: la capacidad de sostenerte en tu propia experiencia antes de ir a buscar la del otro. No significa no necesitar a nadie. No es autosuficiencia fría ni distancia emocional empaquetada como madurez. Es algo más sutil y más difícil: poder estar con lo que sientes — con tu angustia, con tu miedo, con ese nudo en el esternón que no se va — sin necesitar que alguien venga a rescatarte de ello en ese mismo instante. Sin saltar hacia el dolor ajeno porque te resulta más fácil que el tuyo propio. Y lo contrario del autoapoyo tiene también un nombre: **confluencia**. Fundirte con el otro hasta perderte. No saber dónde terminas tú y dónde empieza el otro. Llegar a casa después de escuchar a alguien y sentir el pecho vacío sin entender por qué estás agotado si "solo has estado ahí para alguien". Esa confusión entre lo que sientes tú y lo que siente el otro. Esa frontera que no existe porque nunca la construiste — o porque la derribaste tan pronto que no recuerdas haberla tenido. Mi forma de amar durante muchos años fue confluencia pura. Me disolvía en el dolor ajeno. Lo hacía mío. Lo cargaba como si fuera mi responsabilidad. Cada vez que alguien que quería estaba mal, mi sistema nervioso me gritaba que fuera, que diera, que llenara, que consolara. Y yo obedecía. Porque mientras estaba ocupado sosteniendo a alguien, no tenía que mirar qué había en mi propio pecho. Mientras estaba dando, no tenía que recibir. Y recibir me daba pánico. Porque confluencia no es amor. Es miedo disfrazado de generosidad. Es la gula de dar — esa hambre de ser el que está ahí para el otro, siempre, a cualquier coste — que se parece a la entrega pero que en el fondo es una huida. *Confluencia no es amor. Es miedo disfrazado de generosidad.* Eso es exactamente lo que pasaba antes del lunes. Antes de quedarme sentado en esa sala con la mandíbula apretada y las manos en los muslos mientras alguien lloraba delante de mí. El impulso de cruzar la sala no era generosidad — era la necesidad de no sentir mi propio dolor. Era confluencia en su forma más pura: correr hacia el otro para no quedarme conmigo. Y lo que pasó el martes en Contact fue lo contrario. Ahí tenía autoapoyo. Estaba en mi cuerpo, con mi experiencia, sin necesitar disolver mis límites en los de nadie. Y por eso — exactamente por eso — pude estar con el otro de verdad. La energía llegó limpia y se fue limpia. Sentí algo en el cuerpo y no me perdí en ello. Sentí la presencia del otro y no me fundí. Simplemente estuve ahí. Presente. Entero. Con mis límites puestos y con espacio suficiente dentro para recibir lo que viniera sin que me desbordara. La diferencia entre esos dos días me enseñó algo que probablemente ya sabía pero que nunca había sentido con tanta claridad: **cuando dejas de correr hacia el otro para no sentirte a ti, cuando te quedas contigo el tiempo suficiente, entonces puedes ir hacia el otro de verdad**. No desde la necesidad. No desde el rescate. Desde la presencia. Y la presencia se nota. El cuerpo del otro la reconoce inmediatamente — sabe cuándo alguien está ahí de verdad y cuándo está ahí para llenar su propio vacío. *Cuando dejas de correr hacia el otro para no sentirte a ti, cuando te quedas contigo el tiempo suficiente, entonces puedes ir hacia el otro de verdad.* Y sé que esto suena a algo que se puede leer en cualquier libro de autoayuda. Pero cuando lo vives en el cuerpo — cuando sientes la diferencia entre el tirón del lunes y la calma del martes, cuando notas en tu propia piel que una cosa es ir hacia el otro porque puedes y otra muy distinta es correr hacia el otro porque necesitas — deja de ser una frase bonita. Se convierte en una reorganización de todo tu sistema. Se convierte en algo que tu cuerpo ya no puede desaprender. Si algo de esto resuena, quizás te haces la misma pregunta que yo me hice esa semana: ¿cuándo fue la última vez que fuiste hacia alguien no porque pudieras, sino porque necesitabas no sentir lo tuyo? ### El coste honesto del autoapoyo Pero hay algo que no dije. Algo que es cierto del autoapoyo hasta que deja de serlo. El jueves tenía clase de canto a las once. Llevo unos meses aprendiendo, explorando eso de poner la voz al servicio de algo que no sea explicar ni convencer ni enseñar. Y la verdad es que durante las primeras semanas todo era un poco forzado. Cantaba con cuidado. Controlaba cada nota. Intentaba que sonara bien antes de permitirme que sonara a mí. El mismo patrón que aparecía en Contact antes del martes: hacer las cosas desde el control, desde la cabeza, desde el *tengo que hacerlo bien*. La voz fina, contenida, correcta. Una voz que no molesta, que no desentona, que no se arriesga. Pero que tampoco vibra. Que no llena. Que suena a alguien que canta pero no a alguien que se entrega. Y ese jueves, algo cambió. No sé si fue por lo del lunes — por haberme quedado con mi dolor en vez de salir corriendo. No sé si fue por lo del martes — por haberme soltado en Contact de una forma que no conocía. No sé si fue por lo del miércoles — por haber descubierto que las heridas se convierten en datos cuando les das suficiente tiempo y espacio. Probablemente fue por todo. El cuerpo acumula y en algún momento suelta. El caso es que empecé a cantar y esta vez no me contuve. Le metí cuerpo. Le metí aire. Le metí todo lo que llevaba dentro de esa semana. Y la voz salió diferente. Más llena. Más grande. Más torpe también — porque cuando te sueltas de verdad, los fallos se ven más. Desafinas más. Te equivocas más. Pero da igual. Porque por primera vez, al escucharme, pensé: *ese soy yo*. No la nota correcta. No la voz bonita. **Ese soy yo.** Con mi energía, con mi torpeza, con mi forma de ser que no cabe en una partitura perfecta pero que cuando sale llena la habitación. Autoapoyo también en la voz: dejar de proteger la nota para dejar que vibre lo que hay dentro. Y ahí entendí algo que probablemente aplica a mucho más que al canto: **si no me atrevo a equivocarme, nunca puedo aprender, porque estoy demasiado ocupado intentando asegurarlo todo**. *Si no me atrevo a equivocarme, nunca puedo aprender, porque estoy demasiado ocupado intentando asegurarlo todo.* Pero el viernes llegó. Y el viernes todo se complicó. Aeropuerto de Palma. Cuatro de la tarde. Sentado en la puerta de embarque con una mochila entre las piernas, esperando el vuelo a Bolonia. Llamo a mi madre antes de subir al avión. Rutina. Decirle que vuelo, que estoy bien, que ya le contaré. Y la conversación se tuerce. Me cuenta que alguien de la familia está pasándolo muy mal. Alguien que me crió, que me cuidó de niño, que me quiere de esa forma incondicional y un poco torpe con la que quieren las personas que no saben querer de otra manera. Sola. Asustada. En uno de los peores momentos de su vida. Y mientras escucho, siento cómo se me cierra la garganta. No es un cierre metafórico. Es físico. La garganta se me estrecha como si alguien apretara desde fuera. Los ojos se me llenan. Y hay una parte de mí — la del lunes, la que quería cruzar la sala para ir a consolar a alguien — que se activa otra vez. El tirón. El impulso de rescatar. De decir *yo voy, yo la llamo, yo la ayudo, yo me encargo*. La maquinaria de la confluencia encendiéndose otra vez como un reflejo que lleva demasiados años automatizado para desaparecer en una semana. Pero algo es diferente esta vez. Algo que ha cambiado entre el lunes y este viernes. Algo que todavía no tiene la forma de una certeza pero que ya tiene la forma de una sensación: puedo sentir esto sin salir corriendo. Puedo tener la garganta cerrada y los ojos húmedos y seguir sabiendo dónde termino yo. Le digo a mi madre que le mandaré un audio. Que la acompañaré. Que buscaré un momento para llamarla la semana que viene. Pero también le digo algo que hace un año no habría sido capaz de decir: *puedo escucharla un rato, pero no puedo estar todos los días. No puedo ser todo lo que necesita.* Y mientras lo digo, siento el peso de esas palabras en el pecho. No es ligereza lo que siento. Es responsabilidad. La responsabilidad de ser honesto con alguien que quiero sobre lo que puedo y lo que no puedo dar. Límites amorosos. Acompañar sin ahogarme. Y sé que suena duro. Sé que cuando alguien que quieres está sufriendo, decir "puedo escucharla un rato" parece frío. Parece egoísta. Parece lo contrario de lo que se supone que hace alguien que quiere. Pero es lo contrario de frío. Es lo más honesto que puedo ofrecer. Porque si le prometo que estaré ahí siempre, que llamaré todos los días, que cargaré con su dolor — le estoy mintiendo. Y me estoy haciendo daño. Y acabaré resentido, agotado, y sin nada real que darle. Confluencia otra vez. El viejo patrón disfrazado de amor. Lo que vi en esa sala de espera de aeropuerto mientras los altavoces anunciaban vuelos y la gente arrastraba maletas como si el mundo fuera normal es algo que me da una pena enorme. No la pena que rescata. Una pena limpia. La pena de ver el sufrimiento y saber que no puedes quitárselo a nadie. Que cada persona tiene que hacer su camino. Que lo máximo que puedes hacer es estar ahí, con tus límites, con tu amor real, y dejar que el otro sepa que no está solo aunque no puedas salvarlo. Ahí está la complicación que el autoapoyo no te cuenta por adelantado: **tiene un coste**. Un coste honesto. El coste de saber que puedes acompañar pero no rescatar. El coste de sentir la pena sin disolverse en ella. El coste de decir "estoy aquí" y que ese "aquí" tenga límites. No es distancia. Es el acto de amor más difícil que conozco. Porque la distancia es fácil — te vas y ya. Y la confluencia también es fácil — te fundes y no tienes que pensar. Lo difícil es quedarte cerca, con tus límites puestos, sintiendo todo lo que sientes, sabiendo que no puedes quitarle el dolor a nadie y que lo máximo que puedes hacer es estar ahí con los ojos abiertos y el corazón disponible pero no infinito. *El autoapoyo no es una fortaleza. Es un músculo. Y los músculos también se cansan.* Y hay otra cosa que necesito decir, porque si no la digo el ensayo entero sería una mentira: el autoapoyo no es infinito. Yo también necesito ser sostenido. También hay días en los que no me basta conmigo. También hay momentos en los que la garganta se cierra y lo que necesito no es quedarme con mi dolor sino que alguien me diga que no estoy solo. También hay viernes en los que el músculo del autoapoyo se cansa y lo único que quiero es que alguien me sostenga a mí. El autoapoyo no es una fortaleza. Es un músculo. Y los músculos también se cansan. Y eso no es un fallo. Es parte de estar vivo. ### La frase que no necesitaba terminarse Intento decirle a mi madre lo que siento y no puedo terminar la frase. Se me quiebra la voz. Me emociono de una forma que me cuesta poner en palabras. Es como si todo lo de la semana — el lunes en la sala, el martes en Contact, el miércoles con el peluquero, el jueves con la voz llena — convergiera ahí, en esa llamada de teléfono, en esa frase a medio terminar. *Con mucha pena y muy...* Y ahí me quedo. No puedo seguir. Y no pasa nada. Porque a veces la frase no necesita terminarse. A veces el punto es exactamente ese: sentir algo que es más grande que las palabras. Algo que no necesita explicación ni marco teórico ni etiqueta. Solo necesita espacio para existir. Y un cuerpo que lo sostenga sin salir corriendo. *Hay frases que no necesitan terminarse para decir todo lo que tienen que decir.* Cuelgo. Me quedo unos minutos mirando la pista de aterrizaje por la ventana. Los aviones que se mueven despacio, con esa lentitud pesada de las cosas que llevan mucho peso dentro. Y pienso que yo también llevo peso. Pero ya no es un peso que paraliza. Es un peso que ancla. Que me recuerda que estoy vivo, que siento, que me importan las personas, que todavía me quiebro cuando alguien que quiero sufre. Que hay algo en mí que no se ha roto del todo, que sigue siendo capaz de sentir pena limpia — no la pena que rescata, no la pena que se funde con el otro, sino la pena que simplemente duele porque las personas que quieres sufren y no puedes quitárselo. Me subo al avión. Vuelo a Bolonia sin saber exactamente qué llevo conmigo. Solo sé que llevo una semana entera dentro del pecho. Una semana en la que aprendí que quedarme conmigo no es abandonar al otro. Que soltarme no es perder el control. Que las heridas se convierten en datos. Que mi voz suena a mí cuando dejo de protegerla. Y que hay frases que no necesitan terminarse para decir todo lo que tienen que decir. No sé si eso es suficiente. Probablemente nunca lo es del todo. Pero es lo que hay. Y por primera vez en mucho tiempo, lo que hay me parece bastante. Y tú — ¿cuándo fue la última vez que te quedaste con lo tuyo antes de salir corriendo hacia lo de alguien? --- ## Ensayo: Fui al psicólogo para poder invertir en bolsa URL: https://oyenacho.me/ensayos/fui-al-psicologo-para-invertir-en-bolsa Fecha: 2026-09-24 Resumen: Lo que nadie te cuenta de hacer terapia: que muchos llegamos pidiendo una herramienta para rendir mejor, no un sitio donde nos vean. Sobre el cursillismo, los cien retiros y la pregunta que me hizo Alejandro Rodríguez y que todavía llevo encima. Autor: Nacho Muñoz ### Lo que fui a pedir La primera vez que pisé la consulta de un psicólogo no iba a hablar de mi padre, ni de mi infancia, ni de por qué me costaba estar quieto. Iba a que me ayudara a ganar dinero. Lo digo tal cual porque es tal cual. Estaba invirtiendo en bolsa, me había arruinado a la mitad y lo estaba pasando fatal, y yo tenía una explicación muy clara de lo que me pasaba: yo sabía. Sabía leer un gráfico, sabía las probabilidades, sabía cuándo iba a subir y cuándo iba a bajar. El problema, según yo, era que me entraban las emociones y me estropeaban la operación. Así que fui a un profesional a pedirle exactamente eso, con estas palabras o parecidas: enséñame a gestionar mis emociones para que no me molesten mientras opero. Fíjate qué pedido. No iba a que me pasara algo. Iba a comprar una pieza que me faltaba. Y el psicólogo, que era muy gracioso, no me daba la pieza. Se pasó las sesiones intentando hacerme ver otra cosa. Me sacaba teorías, me ponía unos vasitos encima de la mesa, me lo intentaba enseñar de mil maneras distintas. Estaba emperrado. Y yo, cada vez que él daba un rodeo, volvía al grano: *vale, muy bien, pero cómo controlo yo esto. Cómo gestiono mis emociones.* Ahora sé lo que me estaba diciendo. Me estaba enseñando, con una paciencia que en su momento me pareció pesadez, que aquello no era inversión. Era apuesta. Que mi seguridad de que iba a ganar, la de las probabilidades y los gráficos, no era real. No sé si llegó a usar la palabra adicción. Da igual. Me estaba señalando eso. Y yo no era capaz de verlo. No es que no quisiera. Es que no podía. Estaba tan metido dentro que no había un sitio desde donde mirarlo. Lo que él me señalaba caía en un punto ciego, y el punto ciego, por definición, no se ve. Cuento esto porque creo que es el principio real de mi camino, y porque no se parece nada a como suelen contarse estos principios. No hubo una crisis mística. No hubo un día en que me desperté y dije quiero conocerme. Hubo un tío intentando arreglar una máquina que no le funcionaba, y la máquina era él. ### El grano Esa frase que yo repetía, *vamos al grano*, la he repetido muchos años en sitios muy distintos. Vamos al grano es una forma educada de decir: dame la técnica y no me hagas pasar por esto. Dame el atajo. Dame la herramienta, el método, los cinco pasos, la respiración concreta que hay que hacer cuando pasa lo que pasa. Yo he ido a muchos sitios a pedir el grano. Y lo curioso es que en casi todos me lo dieron. Hay una industria entera bien montada para dártelo. No lo digo con desprecio, porque yo he vivido de eso y porque funciona: lo que te pasó en aquel curso, te pasó, y nadie te lo quita. Lo digo porque hay una diferencia entre pedir una herramienta y dejar que te vean, y durante años yo pedí siempre lo primero mientras creía que estaba haciendo lo segundo. La herramienta la puedes usar tú solo. Que te vean, no. ### Cien sesiones en dos años Soy una persona muy intensa. Esto no lo digo como virtud ni como defecto, lo digo como dato, porque explica casi todo lo que viene después. Cuando me dio por los psicodélicos, me tiré dos años e hice más de cien sesiones. Cien. Es una auténtica barbaridad y no se la recomiendo a nadie. No es necesario. Ni de coña es necesario. Pero lo que de verdad quiero contar no son las cien. Es esto otro. Hice un vipassana. Diez días en silencio. Y en esos diez días me di cuenta de una cosa bastante fea y bastante cierta: que yo no puedo estar conmigo mismo. Ese era el hallazgo. Ese era el material. Ahí había algo que mirar durante mucho tiempo, despacio, probablemente acompañado. ¿Y qué hice yo con ese hallazgo? Me hice tres vipassanas en un año. Y dos retiros más. Y un retiro de oscuridad. Léelo otra vez, porque a mí me costó años leerlo. Descubrí que no soportaba estar conmigo, y mi respuesta fue meterme en más sitios donde estar conmigo a la fuerza. Más horas, más intensidad, más silencio, más oscuridad. Como si la respuesta a *esto me duele* fuera *pues más*. Tiene su parte buena, y no la voy a negar porque sería falsa modestia: esa intensidad me hace explorar de verdad. Yo no soy de asomarme un poco y ya está. Si algo me interesa, me meto hasta el fondo, tomo notas, lo trabajo. Con un curso solo, o leyendo un libro sobre el tema, sé que no llego adonde me gusta llegar. Pero hay una versión de esa misma intensidad que no es profundidad. Es huida con buena prensa. Y desde fuera se parecen tanto que ni yo mismo sabía distinguirlas. ### La pregunta que me hizo y que todavía llevo encima Esta semana ha salido el episodio con Alejandro Rodríguez, psicólogo y terapeuta, con el que llevo años compartiendo camino. Y en mitad de la conversación me hizo una pregunta que no me esperaba. La pregunta es suya, no mía, y la pongo entera porque me parece de las mejores que me han hecho nunca: > ¿Es un cursillismo? ¿Es volverte cursillista, es volverte experienciador? ¿Es que eres alguien que está buscándose, o eres alguien que necesita experiencias fuertes para sentirse a sí mismo? Y luego añadió, mirándome: *esto es algo importante que yo creo que tú estás contestándote.* Me quedé un momento sin saber qué decir. No por incomodidad, sino porque la pregunta era demasiado buena para contestarla rápido. Noté el pecho un poco más estrecho y las manos quietas encima de la mesa, que en mí es señal de que algo ha entrado. Porque la respuesta honesta es: las dos cosas. He sido las dos cosas, muchas veces a la vez, sin saber cuál mandaba. Y aquí tengo que decir algo para no hacer trampa. La tentación, escribiendo esto, es contarlo como si fuera un problema resuelto. *Antes yo era así, ahora ya no.* Sería mentira, y además sería justo el tipo de mentira que más daño hace, porque deja al que lee en el papel de estar más atrás que tú. Me pasa menos. Pero me pasa. Todavía hoy, cuando algo me remueve, la primera cosa que aparece en mi cabeza no es *quédate ahí*. Es *busca algo*. Un curso, un retiro, una formación nueva, un libro. Y a veces lo hago. La diferencia es que ahora, a veces, me doy cuenta mientras lo estoy haciendo. Solo eso. Que la veo pasar. ### Necesitar el golpe para notarse Lo de necesitar experiencias fuertes para sentirse a uno mismo merece pararse un poco, porque no es tontería y porque creo que hay mucha gente ahí. Si llevas años anestesiado, lo suave no te llega. No lo notas. Una conversación tranquila, una clase normal, un rato de silencio de veinte minutos: no registran. Necesitas volumen. Necesitas que te sacuda. Y entonces buscas lo que sacude, que además está muy bien contado y tiene fotos preciosas, y cada vez que te sacude piensas *esto sí es real, esto sí me está pasando*. Y te está pasando, ojo. Yo no vengo aquí a decir que lo fuerte no sirva. Me sirvió. Lo que digo es otra cosa: que la intensidad puede convertirse en el único volumen al que te oyes, y entonces ya no estás buscando, estás necesitando el golpe para notar que existes. Alejandro lo contaba desde el otro lado. Él estuvo diez días en silencio en un retiro con Claudio Naranjo, y dice que ahí se encontró consigo, pero *heavy*. Es decir: a él el silencio le llegó. A mí el silencio me llevó a apuntarme a más silencio. Mismo sitio, dos usos distintos. La experiencia no te dice qué estás haciendo con ella. ### Lo que no me dio ningún curso Si me preguntas qué es lo que de verdad ha movido algo, después de los cursos, los retiros, las sesiones, los másteres y los libros, mi respuesta de hoy es incómoda porque es la más lenta y la menos vendible. El vínculo. No la técnica. No el contenido. No el fin de semana. El hecho de sentarme delante de una misma persona, muchas veces, durante mucho tiempo, y dejar que me vea sin poder hacer nada al respecto. Y en un grupo, lo mismo: gente que te ve entrar semana tras semana y que ya no se traga tu versión. En ese vínculo hay algo que yo no encontré en ningún curso ni en ningún sitio. Y si has tenido la suerte de tener vínculos sanos, con tus padres, con un hermano, con alguien, a lo mejor eso ya lo tienes y no necesitas comprarlo en ninguna parte. Pero si no lo has tenido, y yo estoy ahí, ese es el trabajo. No es un contenido que aprendes. Es una experiencia que tienes con otro delante, y que no puedes hacer solo por muy intenso que seas. Esto me cuesta escribirlo porque va en contra de mi carácter. Mi carácter quiere hacerse tres. Mi carácter quiere terminar. El vínculo no se termina, se sostiene, y ahí no hay medalla. Alejandro decía una cosa parecida con una imagen que me gustó: que hay veces que hay que integrar, que no vale solo con hacer zambombazos y ya está. Los zambombazos los he hecho todos. Integrar es lo que llevo aprendiendo hace poco, y aprendiendo mal, y con ayuda. Aclaro una cosa para no confundir a nadie, porque me lo preguntan: no soy terapeuta Gestalt. Estoy terminando el máster, acabo en mayo. Cuando cuento esto no lo cuento desde el sillón del que sabe, lo cuento desde la silla de enfrente, que es donde llevo sentado todos estos años. ### Entender no es lo mismo que sanar Hay una trampa que conozco muy bien porque he vivido dentro de ella, y es esta: creer que entender algo es lo mismo que haberlo resuelto. Yo he sido buenísimo entendiendo. Te sabía explicar mi patrón con una precisión que impresionaba. Te decía de dónde venía, qué función tenía, en qué momento de mi infancia se instaló y cómo se activaba. Lo tenía todo nombrado. Y lo seguía haciendo exactamente igual. A eso lo llamo la trampa de la hiperlucidez, y le acabé dedicando un libro entero porque me tuvo años ocupado creyendo que avanzaba. La lucidez da una sensación de movimiento que es indistinguible del movimiento real. Ves el mecanismo, y esa visión es tan satisfactoria que se convierte en el premio. Ya no hace falta cambiar nada, porque entender ya se siente bien. Aquel psicólogo de la bolsa me estaba dando el entendimiento y yo lo rechazaba porque quería la técnica. Años después me pasó lo contrario: acumulé entendimiento como antes acumulaba técnicas, y seguí sin moverme. Es el mismo movimiento con otro disfraz. Coleccionar. Si quieres tirar de este hilo, escribí sobre ello en [qué es la hiperlucidez](/que-es-la-hiperlucidez). ### Que te devuelvan a ti Y ahora la parte que me cuesta más escribir, porque es la buena y porque no quiero que suene a anuncio. Puedo decir hoy, y lo digo con cuidado porque el que esté leyendo está en el momento en el que está y no en el mío: haz terapia. Qué bien. Porque de repente siento que me han devuelto a mí. Lo intento explicar sin ponerme cursi. Antes había como una película delante. No terminaba de ser mi experiencia. Vivía la semana entera con una idea preconcebida de lo que tenía que pasar y con una expectativa puesta en un punto concreto: el sábado, el viaje, la jam, lo que fuera. *Eso* iba a ser lo bueno de la semana. Y entonces el resto de la semana no existía. Era el pasillo hasta el sábado. Y cuando llegaba el sábado, resulta que no era como me lo había imaginado y me defraudaba, con lo cual tampoco existía. Así que no existía nada. Siete días de pasillo. Ahora vivo una semana y hago cosas, y me pongo malo, y pasan cosas que no me gustan, y aun así hay un momento en que digo: hostia, que lo estoy viviendo yo. Que es mía. Que esto que está pasando, incluso lo que no me gusta, me está pasando a mí y estoy dentro. Ese adueñarse de la propia experiencia es lo más fuerte que me ha dado todo esto. No la calma. No la claridad, que ya te digo que la claridad la tenía de sobra y no me servía de nada. Estar dentro. ### Lo que sigo sin saber No quiero cerrar esto como si tuviera el mapa, así que dejo aquí lo que no sé. No sé dónde está exactamente la línea entre profundizar y huir hacia delante. Sé reconocerla a veces, casi siempre tarde, casi siempre por el cuerpo: cuando hay una prisa rara en apuntarme a algo, cuando la decisión no puede esperar a mañana, cuando me descubro buscando el siguiente sitio antes de haber vuelto del anterior. Esa prisa es mi señal. Pero no siempre la veo a tiempo, y cuando la veo tampoco siempre le hago caso. Tampoco sé si toda la intensidad de estos años era necesaria. Hay una parte de mí que dice que sí, que mi cabeza necesitaba esos zarandeos para soltar y para poder verse. Y hay otra parte que sospecha que esa explicación es demasiado cómoda, y que me la cuento para no mirar cuánto había de huida. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez. Vivo con eso. ### Dónde lo has notado Si has llegado hasta aquí, me imagino que algo de esto te suena. A lo mejor tú no fuiste al psicólogo por la bolsa, pero fuiste a por una herramienta: para rendir más, para dormir, para que no te afectara tanto lo de esa persona, para volver a ser el de antes. No te voy a decir lo que deberías hacer con eso, entre otras cosas porque no te conozco y porque a mí nadie me lo dijo de fuera. Solo te dejo la pregunta que me hizo Alejandro, que es de él y que yo sigo contestándome: ¿Estás buscándote, o necesitas experiencias fuertes para sentirte a ti mismo? Y una segunda, que es la que uso yo cuando la primera me pilla a la defensiva, y que tampoco es mía sino de Eugene Gendlin, que se pasó la vida estudiando cómo el cuerpo sabe antes que la cabeza: ¿Dónde lo has notado? No qué piensas de esto. Dónde. En qué parte del cuerpo se te ha movido algo mientras leías, si es que se te ha movido. Puede que haya sido en el pecho, o en la garganta, o en esa prisa pequeña de ir a buscar ya la siguiente cosa. Ahí es donde está la información. --- Esto sale de la conversación con Alejandro Rodríguez en el episodio 051 del podcast. La pregunta del cursillismo es suya. Lo de "¿dónde lo has notado?" viene de Eugene Gendlin. Puedes [leer o escuchar el episodio entero](/podcast/051).